14470627_10205348325266509_3729594326383357457_nPor: Karl M. Covián

Una avalancha de sentimientos encontrados arrasa con estrépito los corazones de muchos tamaulipecos y crece cada día en que las horas faltantes para el cambio se lleguen. Uno de estos sentimientos es: la esperanza, es decir, la posibilidad de alcanzar lo que se desea, a punto ahora de convertirse en realidad. Tras ocho décadas de transitar en Tamaulipas por una hegemonía partidista, emanada de la revolución mexicana y de no contar con una oposición que realmente moviera la balanza durante todo ese tiempo, es en 2016 cuando se rompe con el esquema y se abre camino a la alternancia.

Parafraseando a Manuel Gómez Morín, indiscutible ideólogo y fundador del Partido Acción Nacional (1939), la oposición al régimen tendría que moverse a discreción, de manera perdurable, sin precipitaciones, con un esfuerzo permanente y hacia la búsqueda de un crecimiento que los fuera posicionando, a paso lento pero seguro, como un grupo de poder en el escenario político mexicano. De esta manera ha sido el trabajo de los panistas, quienes tardaron casi ochenta años para alcanzar el poder en Tamaulipas, poder que, por lógica, buscarán conservar y no dejarlo ir tan fácilmente.

Sin demeritar el trabajo de los blanquiazules con referencia a su estrategia política, es necesario reconocer que una serie de factores –negativos para el PRI- hicieron mella en la conciencia y percepción de los tamaulipecos, de tal forma que facilitaron la asimilación de ideas y propuestas lanzadas al aire por los orquestadores de la campaña. A través de frases “pegajosas”, que hacían referencia al hartazgo y desesperación del pueblo, la maquinaria panista caló hondo en la conciencia ciudadana y, como lo dije al principio, movió emociones mediante el vehículo de la esperanza.

Ahora el PAN tiene la oportunidad y enorme responsabilidad de gobernar al pueblo tamaulipeco, el cual se volcó a las urnas y decidió su destino al brindarle el voto de confianza. En ese sentido, deberá demostrar, en el corto plazo, que han llegado para consolidar lo planteado y no era sólo demagogia o más de lo mismo. Es aquí donde la esperanza se sigue fortaleciendo: el anhelo por una vida mejor, hablar y ser escuchados, así como escuchar de sus gobernantes, al menos, palabras de aliento que le digan: todo va a estar bien, confía en mí, yo lo resolveré.

En el imaginario tamaulipeco, a partir de la toma de protesta de Francisco García Cabeza de Vaca, convertido ya en gobernador constitucional, los problemas se resolverían de inmediato. Sin embargo, no existe conjuro, hechizo o toque mágico para terminar de golpe con las angustias y problemáticas cotidianas. El pueblo, con la esperanza –de nuevo- a cuestas, le otorga un halo divino al nuevo mandatario, situación que podría ser incómoda porque no empata con la realidad, aunque, con seguridad, el esfuerzo a realizar por este gobierno será titánico.

En el mismo tenor de la percepción emocional, los vientos han soplado fuerte para avivar el fuego al interior de algunas instituciones que habían permanecido con actitudes de indiferencia e ineptitud. Un ejemplo muy palpable es el de la sección XXX del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), donde hasta el momento de redactar este artículo (29 de septiembre),  se lleva a cabo la convención de delegados para elegir al nuevo dirigente magisterial en Tamaulipas, quien será el relevo de Rafael Méndez Salas. La esperanza –otra vez- de un cambio hacia el interior del sindicato, ha impulsado a las y los trabajadores de la educación en el estado a involucrarse de manera activa en este proceso, con la finalidad de ser tomados en cuenta.

No cabe duda que el ejercicio democrático, vivido en junio del presente año, ha permeado tan a fondo que ya el magisterio tamaulipeco exige se vayan las rémoras que han permanecido por quince años o más en posiciones claves del comité seccional, generando con ello vicios y actitudes que perjudican la verdadera esencia del sindicalismo. Proponen gente nueva, con verdadera vocación y compromiso hacia la base, tan olvidada y hecha menos por dirigencias anteriores.

Para concluir, podemos decir que la esperanza es el motor que impulsa las acciones encaminadas hacia la búsqueda del cambio, un cambio del que no sabemos cómo va a impactar en el terreno real, pero en el cual se depositan los principales deseos de un pueblo que por mucho tiempo fue ignorado y abandonado a su triste suerte.

Gracias, hasta la próxima.

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