covianPor: Karl Covián

“¡Qué poco basta para ser feliz! El sonido de una gaita resulta suficiente.

Sin música la vida sería un error.”

(Friedrich Nietzsche).

 En las postrimerías del siglo XIX, las corrientes del pensamiento humano se hallaban en el cenit evolutivo después de siglos acumulados para su desarrollo. Dentro del mundo occidental, particularmente en Europa, el debate intelectual se daba de manera cotidiana entre sus actores principales: los filósofos.

Estos singulares personajes, dedicaron gran parte de su vida a buscar explicaciones del mundo que nos rodea, para hacerlo más amigable o, por el contrario, para convertirlo en un sitio hostil, el cual nos resultara más difícil comprender. Tenemos por ejemplo a Friedrich Wilhelm Nietzsche (se pronuncia “Niche”), nacido en el año 1844 en Röcken, actual Alemania, quien estudió filosofía clásica en las universidades de Bonn y Leipzing.

La singularidad de Nietzsche se encuentra en su postura radical ante las demás corrientes filosóficas, ante los propios filósofos, ante la humanidad en general y ante sí mismo. Pese a ello, la conceptualización que planteaba en torno a las artes tenía un enfoque de reverencia, porque las consideraba una parte fundamental en la vida del ser humano.

Decía que para lograr una contemplación estética y convertirla en una acción, requerimos de una condición fisiológica previa: la embriaguez. Y se refería a la embriaguez en el amplio sentido, comenzando por la más antigua y primitiva de todas, esto es, por la excitación sexual, que nos lleva por ejemplo a escribir poemas, componer canciones y demás bellezas, con la finalidad de agradar y acercarnos con quien deseamos.

Es decir, nuestros deseos se convierten en pasión y buscamos generar medios para lograr un fin; esto no es para reprocharse, sino que resulta algo inherente a la naturaleza humana, análogo al cortejo que las aves realizan por instinto para lograr reproducirse y preservar su especie.

Pero la embriaguez no se limita a lo primitivo, también surge en situaciones que ponen a prueba las habilidades, por ejemplo: en la competición, los actos de valentía, la victoria, la crueldad, la destrucción. Incluso va más allá, como artífice de la voluntad plena. Por ello, Nietzsche aseguraba que la embriaguez provoca sentirnos en posesión de todas nuestras fuerzas, las intensifica y, sobretodo, proyecta el sentimiento sobre las cosas “obligándolas a que reciban algo de nosotros, violentándolas”, esto es, nos lleva a idealizar.

Volviendo a las artes, cuando nos sentimos “embriagados” podemos alcanzar un estado de plenitud, ya que todo a nuestro alrededor resulta más vívido, lleno de energía, lo que permite una transformación del entorno. En palabras de Nietzsche: “El tener que transformar las cosas en algo perfecto es arte”. En ese sentido, las artes, tanto en su producción como en el disfrute de ellas, generan placer por sí mismas.

En la actualidad, podemos ver en las artes el reflejo de la perfección humana, porque para lograr excitar los sentidos se requieren desarrollar ciertas habilidades que no son heredables, sino que se adquieren con base en el trabajo y el esfuerzo de quienes buscan transmitir sus emociones.

He aquí unas cuantas frases de Nietzsche, extraídas de su texto: Cómo se filosofa a martillazos, (1888):

“El pintor, el escultor y el poeta épicos son visionarios por excelencia”.

“La música, tal y como hoy la entendemos, es también una excitación y una descarga completa de las emociones”.

“El actor, el mimo, el bailarín, el músico y el poeta lírico, son radicalmente afines en sus instintos, y forman de suyo una misma cosa, de la que se han ido separando y especializando poco a poco unos de otros, hasta llegar incluso a entrar en contradicción entre sí”.

Gracias, hasta la próxima.