Por: Karl Covián

Hubo un poeta español del siglo XIX, cuyo nombre era Ramón de Campoamor quien, dentro de su obra, escribió “Doloras”, compuesta por más de cien poemas, uno de ellos titulado “Las dos Linternas”, que al inicio dice textualmente:

“De Diógenes compré un día/ la linterna a un mercader/ Distan la suya y la mía/cuanto hay de ser a no ser. / Blanca la mía parece;/la suya parece negra;/la de él todo lo entristece;/la mía todo lo alegra. / Y es que en el mundo traidor/ nada hay verdad ni mentira:/todo es según el color/ del cristal con que se mira.”

Podemos inferir que el poeta se refiere al filósofo griego Diógenes de Sínope, conocido también como el “cínico”, quien vivió hacia el siglo cuatro antes de nuestra era. Este filósofo fue descrito por Platón como un hombre que iba descalzo, vestido con una capa y habitaba en un tonel (un barril), fuera de los convencionalismos, honores y riquezas. Su concepto de felicidad era satisfacer las necesidades naturales de una forma sencilla y práctica.

El comparativo de la linterna podría referirse a la visión del mundo que el filósofo pregonaba, en contraste con la óptica del autor. De hecho, “Doloras” se encuentra lleno de referencias a filósofos griegos y la nobleza, incluso, en el poema “Las dos grandezas”, relata un hipotético diálogo entre Alejandro Magno y Diógenes, en el cual deja ver la soberbia de uno y la humildad del otro:

“Tendrás riquezas sin tasa, / un palacio y un dosel. / – ¿Y para qué quiero casa/más grande que este tonel? /Mantos reales gastarás/de oro y seda. / – ¡Nada, nada! / ¿No ves que me abriga más/esta capa remendada? /Ricos manjares devoro. /-Yo con pan duro me allano./ Bebo el Chipre en copas de oro, /-Yo bebo el agua en la mano.”

En “La belleza”, Campoamor se refiere también a la óptica personal por encima de los convencionalismos o las normas que dictan las posturas filosóficas, cuando, al final de la reunión que sostiene un rey con sus asesores, para discutir acerca de lo que significa la belleza, no logran ponerse de acuerdo:

“Nadie a esto respuesta da. /El gran Rey calla y suspira, /y dice: -Acabemos ya; /la belleza sólo está /en los ojos de quien mira”.

Observamos que, en su poesía, Campoamor le otorga un valor específico a los conflictos entre distintas ópticas, formando una dualidad, que resuelve con el libre albedrío. Su frase más conocida, “nada hay verdad ni mentira…”, sigue siendo muy socorrida para ilustrar que podemos ver las cosas desde un lado positivo o uno pesimista, como la analogía del vaso medio lleno o medio vacío.

Pero también deja claro que la mayor parte de los sucesos tienen una interpretación relativa y la decisión personal queda por encima del diálogo o el acuerdo. En ese sentido, muchos de los conflictos entre pares (amistad, relación amorosa, relación laboral, etc.), suceden porque, precisamente, evitamos el diálogo y nos mantenemos en una postura unilateral.

Mirar a través de nuestro cristal debería funcionar para ver lo bueno de lo malo, pero también para encontrar lo malo en lo bueno y así lograr un equilibrio. Aunque, después de todo, también lo “bueno” y lo “malo” son conceptos muy abstractos y su aplicación depende desde qué punto se observen. La vida es complicada.

Gracias, hasta la próxima.