Para ser honesto, no creo que tenga nada de especial. Mi historia es la historia de miles de mexicanos que diariamente se enfrentan a sus propias batallas, que hacen cosas increíbles con lo poco que tienen, que se refugian en sus sueños para darle un significado a su vida. Yo sólo sueño con ser feliz, este es el discurso de Ricardo Pablo Pedro, egresado de la Facultad de Química, quien recibió el Premio Nacional de la Juventud 2017, en la categoría de Logros Académicos.

Originario de la comunidad La Mina ubicada en Tuxtepec, Oaxaca, de padres indígenas, actualmente el joven estudia el último año de un doctorado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés) donde su investigación está enfocada en los materiales bidimensionales, los cuales deben ser flexibles y transparentes para usarse como celdas solares.

“De niño vendí limones, aguacates y frutas en La Mina, crecí sin mi papá y mi mamá tenía que fregar pisos para mantener a sus seis hijos sola. Sé lo que es tener hambre y sólo tener un bolillo y un vaso de agua. Sé lo que es tener a la familia separada, pues nunca me he sentado con mis cinco hermanos juntos, todos han migrado a la Ciudad de México en distintos momentos”, recordó.

A pesar de proceder de un sitio en donde sólo existe una ley, “nacer pobre y morir pobre”, Ricardo no se conformó y hoy sueña con crear cargadores solares para que las personas los integren a su ropa, que sean tan ligeros que no se sientan, no pesen, sean flexibles y que fácilmente recarguen el celular.

Antes del MIT, estudió la preparatoria en Morelos donde tuvo una excelente profesora de química. Participó en la olimpiada nacional de la especialidad y logró el tercer lugar, desde entonces, decidió seguir el camino de esta ciencia.

Varios de sus amigos concursaron por un lugar para estudiar una licenciatura en la UNAM, él no sabía lo que significaba esta universidad, pero motivado por sus compañeros, hizo el examen y se quedó en la Máxima Casa de Estudios.

Al llegar a la Universidad Nacional, se impresionó al saber que cursar alguna carrera en sus aulas es gratis. Asimismo, celebró que gracias a un laboratorio de cómputo realiza todas sus tareas.

“En el camino me encontré con algunas adversidades, no tenía dinero y en ocasiones no tenía para comer, pero me topé con buenos amigos que me invitaban. Creo que hay diferentes tipos de sufrimiento, pero este no es grave, en mi experiencia ha sido mucho más doloroso el amor y otras cuestiones que me han tocado vivir, como el cáncer cerebral que sufre mi hermana”.

En mi último año de universidad soñé con realizar un doctorado, y fui motivado para estudiar en el extranjero, y en ese proceso me contaron que era difícil y costoso. Me preguntaban cómo me financiaría y siempre contesté “no lo sé”. Sin embargo, nunca dejé que alguien me quitara mis sueños, confié en mí, afirmó.

El 30 de enero de 2012 recibió una de las noticias más emocionantes de su vida: su carta de aceptación en el MIT. El logro “fue el resultado de muchos esfuerzos y sacrificios no solo personales, sino también de mi familia, maestros y amigos a quienes agradezco eternamente”.

A pesar de todas las adversidades y carencias, Ricardo jamás se ha sentido desafortunado. “Me siento feliz con lo que tengo y claro que no es que me conforme, sigo soñando”.

Hoy, el joven se siente orgulloso de ser el único mexicano de origen indígena que estudia en el MIT, y que hasta el momento, no se ha rendido para alcanzar sus sueños.

vía UNAM Global