Por: Karl Covián

A lo largo de nuestra vida se hace necesario tomar decisiones, las cuales adquieren complejidad y compromiso de acuerdo con el nivel de conciencia o responsabilidad que ostentemos. Por lo general, hay sólo dos vertientes en cuanto a lo que vamos a decidir, me refiero a bueno-malo-, blanco-negro, cielo-infierno, etc., que surge en la cosmovisión de las civilizaciones prehispánicas y se reafirma con la conquista española.

Existen etapas en las cuales, según la opción que tomemos, se definirá el rumbo de nuestras vidas, encaminándola, por un lado, a convertirnos en personas de bien, civilizadas, respetuosas del entorno y, por otro lado, en personas irresponsables, incivilizadas y con la intención de auto beneficiarse a costa de lo que sea.

Un caso similar sucedió en la antigua Grecia a uno de los personajes mitológicos más conocidos: Heracles (después llamado Hércules por los romanos), quien, siendo muy joven, tiene que decidir el camino que tomará en adelante. Heracles, hijo de Zeus y Alcmena, a quien el Inmortal fecundó bajando a la Tierra disfrazado como su esposo Anfitrión, nació con grandes expectativas para el Olimpo, donde requerían un héroe que les salvara de los peligros que se avecinaban.

A los once meses de edad (once meses, repito), Heracles mató con sus manos a dos monstruosas serpientes, lo que anunciaba ya la enorme fuerza que tendría al crecer. Desde párvulo aprendió las bellas artes: canto, danza, tañer la lira con dulzura, leer y escribir con destreza; más adelante, aprendió a conducir carros, blandir la espada y lanza y las tretas del pugilismo. Es decir, primero nutrir el intelecto y luego las habilidades.

Siendo ya un joven de gran fortaleza, Heracles fue enviado fuera de Tebas, su ciudad natal, para que se encargara de cuidar el ganado de su padre en el monte Citerón. En ese momento, Heracles aún no sabía qué le tenía deparado el destino, si podría llegar a ser más que un simple pastor o si, por lo contrario, se convertiría en forajido.

Enfrascado en sus pensamientos, vio de pronto que dos hermosas doncellas se acercaban a él, una vestida de blanco, tranquila y reservada, y otra de colores llamativos, ataviada con joyas y de mirada desafiante. La segunda se adelantó para ganar la atención de Heracles y le solicitó convertirse en la guía de sus pasos, con la promesa de concederle todo por la vía fácil, lograr sus placeres, satisfacer caprichos sin preocuparse por los demás. Le dijo su nombre: FELICIDAD, aunque le advirtió que sus enemigos le llamaban de otras formas.

La otra doncella, la más recatada, le ofreció otra forma de vida y pidió hacerse acompañar de ella con base en trabajos y desvelos, la única manera de alcanzar gloria y grandeza en el mundo. No te dejes confundir por mi compañera, le dijo, ella también es conocida como Vicio, Locura y otros nombres; debes saber que no hay placer ni sosiego como los que se obtienen mediante la asiduidad y el arrojo que arrancan el sudor de la frente. El nombre de esta doncella: VIRTUD.

No es difícil concluir por cuál de las dos se decidió Heracles, quien trajo la dicha a su pueblo y llegó al destino que Zeus le tenía reservado, siendo honrado por los griegos y por los romanos posteriormente.

En analogía, las decisiones que tomamos en una etapa crucial de la vida pueden señalar nuestro destino y llenarnos de gloria o conducirnos a senderos oscuros, tenebrosos, en los cuales podemos perdernos para siempre o de los cuales se vuelve harto complicado salir.

Podríamos decir que las doncellas que llegaron con Heracles representan esos caminos, los cuales deben ser elegidos en etapas tempranas de la vida. El sendero del “Vicio” es fácil, porque no conlleva esfuerzo ni responsabilidad; en cambio, el de la “Virtud” lleva intrínseco el trabajo, la perseverancia y la constancia.

Sin que suene a sermón: a las madres y padres de familia nos corresponde trabajar de la mano con la doncella más reservada, ¿qué no?

Gracias, hasta la próxima.