A metro y medio bajo el suelo de Tlalpan, en lo que ahora es la Universidad Pontificia de México (UPM), una espiral formada por diez esqueletos humanos descansaba en una fosa. Los restos esperaron casi dos mil 500 años para volver a la superficie de la tierra, hasta enero de 2018, cuando los arqueólogos de la Dirección de Salvamento Arqueológico del Instituto Nacional del Antropología e Historia (INAH) se encontraron con los primeros habitantes del centro de Tlalpan.

Todo empezó en el año 2006, gracias a que la UPM decidió ampliar sus instalaciones y construir una biblioteca y siete módulos de dormitorios. Pero la universidad se encuentra en el centro de Tlalpan y en todo centro histórico existe la posibilidad de dañar vestigios históricos y arqueológicos al realizar una construcción, así que por ley había que consultar al INAH antes de comenzar cualquier proyecto.

Las autoridades de la UPM notificaron al INAH y después de una inspección, el instituto concluyó que era necesario hacer un salvamento para asegurar que debajo de la zona de construcción no había vestigios importantes. El responsable del salvamento sería al arqueólogo Alejandro Meraz Moreno.

Antes de realizar una excavación, un arqueólogo debe documentarse sobre el lugar y las culturas que lo han habitado. Pero, aunque Alejandro imaginaba lo que podía encontrar bajo la universidad, no podía dar nada por sentado y se llevó una grata sorpresa al encontrarse con los restos de uno de los primeros asentamientos humanos de la zona sur de la Cuenca de México, un asentamiento que existió mil 500 años antes que los aztecas.

El descubrimiento

Alejandro Meraz procedió según la metodología arqueológica, realizó cinco pozos de sondeo de dos metros por dos metros para analizar si debajo de la futura biblioteca había vestigios de importancia. Pero no encontró más que pedacería de cerámica sin contexto alguno, lo que los arqueólogos llaman tepalcates o tiestos. De ellos se puede obtener información, pero al tratarse de material fragmentado no son elemento suficiente para detener una construcción.

Pero todo cambió cuando comenzó a trabajar en la zona de los dormitorios, donde unos círculos de tierra oscura, húmeda y suelta, lo hicieron sospechar que la capa natural de tierra había sido removida para crear algún tipo de depósito.

Conforme excavaba, los círculos de tierra suelta se hicieron más y más grandes, la tierra resultó ser el relleno de un grupo de fosas troncocónicas, un tipo de excavación en forma de cono cortado que se utilizaba en la época prehispánica para almacenar grano, para depositar desechos o para realizar entierros. En estos almacenes subterráneos, el arqueólogo encontró ofrendas y esqueletos humanos.

La construcción debía parar si se quería obtener mayor información del hallazgo.

Huesos milenarios

Lo que Alejandro Meraz encontró, pieza por pieza debajo de la universidad, fue una aldea. Había que investigar hace cuánto habían vivido los habitantes de la población, había que investigar los entierros.

A simple vista, el estado de conservación de los huesos no le decía nada a Alejandro Meraz, el arqueólogo necesitaba más elementos para determinar algo fundamental, la antigüedad del hallazgo.

“El estado de conservación de los huesos va a depender de las condiciones del suelo donde están enterrados; si hay mucha acidez, se deterioran rápidamente, si hay variaciones frecuentes de temperatura o humedad, también se deterioran con rapidez, pero si hay condiciones estables, los restos se conservan mejor”.

Lo que le ayudaría a Alejandro Meraz a conocer la fecha de los restos era el análisis de la cerámica asociada al lugar, pero sobre todo los depósitos estratigráficos.

Cuando se realiza una excavación en la tierra, es posible observar distintas capas de depósito que se han formado en periodos históricos diferentes. Al estudio de estas capas se le llama estratigrafía y a los arqueólogos les permite conocer a qué etapa corresponde un vestigio.

Para no destruir estas capas de tierra, Alejandro Meraz tuvo que asegurarse de hacer una excavación controlada en todo momento. Con eso detectó a qué nivel del suelo los antiguos habitantes de Tlalpan perforaron el terreno para cavar y enterrar a sus muertos.

Al parecer, los entierros pertenecían a un periodo conocido como el Formativo o el Preclásico, una etapa situada entre el dos mil 500 antes de nuestra era y el 200 de nuestra era. Cuando se tuvieron resultados más precisos, se supo que la aldea tuvo su origen alrededor de 400 años antes de nuestra era, en la época en que los humanos comenzaron a asentarse en el sur de la Cuenca de México.

Hasta ahora, esta es la población más antigua que se asentó en lo que hoy es Tlalpan.

Los primeros pobladores de Tlalpan

En otras regiones del país, los seres humanos dejaron la vida nómada a inicios del Formativo, dos mil 500 años antes de nuestra era. Pero en la región sur de la Cuenca, las poblaciones tardaron casi un milenio más en establecerse, comenta Alejandro Meraz.

Fue hace mil 800 años cuando las poblaciones humanas de lo que ahora es Tlalpan comenzaron a cambiar su forma de vida. Se establecieron y formaron aldeas, en las que su organización social se volvió compleja y donde integraron la agricultura a su economía de alimentación, que antes se basaba solo en la caza, la pesca y la recolección.

Otra característica distintiva del Preclásico es que los humanos aprendieron a producir objetos de cerámica, explica Alejandro Meraz. Esto ha permitido a la arqueología estudiar más de las costumbres de los grupos antiguos.

En Tlalpan, los grupos humanos encontraron un lugar ideal para establecerse, con abundantes fuentes de agua dulce y un suelo fértil. Además, el bosque templado que en ese entonces dominaba el paisaje era hábitat de conejos, venados y diversas aves, animales perfectos para la caza. Las condiciones permitieron a los habitantes seguir poblando el lugar por casi 500 años.

La vida en la aldea

En la aldea preclásica de Tlalpan, las familias no vivían como en las casas y departamentos actuales. Las personas vivían en unidades domésticas, espacios en los que se tenía una habitación, parecida a un pequeño jacal, que cumplía la función de refugio, pero que alrededor, en un espacio al aire libre, tenía otros elementos esenciales para las actividades diarias, como los fogones, las zonas de molienda de granos, los depósitos de desechos, los almacenes de alimentos y las fosas funerarias.

Los instrumentos que los aldeanos dejaron sugieren que les gustaba la música, que tallaban piedra para elaborar puntas de proyectil y navajillas de obsidiana, pero también para crear sus artefactos de molienda; además, trabajaban la cerámica, y no solo para fabricar recipientes, sino para crear figuras con formas humanas y otras representaciones de su vida.

Algunos de los objetos encontrados parecían no haber sido elaborados por los habitantes de la aldea y los arqueólogos sugieren que llegaron allí como producto del intercambio con la ciudad contemporánea de Cuicuilco, que se encontraba a dos y medio kilómetros de allí.

Los estudios apuntan a que varias aldeas de entre 50 y 100 personas, parecidas a la encontrada en la UPM, surgieron en la misma etapa en la que Cuicuilco, que se pobló 300 años antes que el centro de Tlalpan, comenzó a crecer y convertirse en el centro que controlaba las actividades políticas y territoriales del sur de la Cuenca, detalla el arqueólogo.

Una espiral de cuerpos

Alejandro Meraz encontró, distribuidos en siete entierros, individuos humanos y un perro. Pero la espiral de esqueletos seguía esperando en una fosa aún no descubierta.

Alejandro Meraz dejó de trabajar en la aldea preclásica de Tlalpan, pero la arqueóloga Jimena Rivera Escamilla continuó con las labores de investigación. Fue ella quien encontró la fosa múltiple.

En ella, los cuerpos fueron entrelazados, con brazos y piernas formando una especie de tejido humano, lo que hace pensar que el entierro tuvo un importante componente ritual que habrá que estudiar más a fondo. Por lo pronto, esta es la fosa fúnebre con el mayor número de individuos del periodo Formativo.

Hasta ahora, de los 10 esqueletos identificados, uno era masculino y dos femeninos. Pero aún falta identificar el sexo de los siete individuos restantes. En cuanto a la edad, uno de los individuos falleció siendo adulto; dos eran niños, uno de entre tres y cinco años y el otro de algunos meses de vida; y el resto eran adultos jóvenes.

Para obtener más información sobre estos antiguos habitantes de Tlalpan, toca ir al laboratorio, donde las antropólogas físicas Lucía López Mejía y Sonia Rodríguez Martínez podrán ahondar en las causas de la muerte y en algunos elementos de su vida cotidiana que pudieran quedar marcados en los huesos.

Además de los entierros, se han encontrado más unidades domésticas y construcciones hechas con piedra de río, algo característico del Preclásico, Jimena Rivera comenta que gracias a esto pudo confirmar que la aldea había existido hace más de dos mil años.

El abandono de la ciudad

En el cerro del Ajusco, a ocho kilómetros del centro de Tlalpan, se localiza el volcán Xitle. Hace unos dos mil años, el Xitle hizo erupción. Justo en el periodo en que la aldea del preclásico de Tlalpan fue abandonada.

Algunos científicos, entre los que se encuentra Jaime Urrutia Fucugauchi, del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), ubican el evento entre el año cero y el año 50 de nuestra era. Otros investigadores, como Claus Siebe, del mismo instituto, lo sitúan alrededor del año 280 de nuestros días. A pesar de estas diferencias, los arqueólogos coinciden en que la erupción ocasionó el abandono de la zona sur de la Cuenca de México.

“Esta erupción no fue un erupción súbita, como sucedió con el Vesubio en Pompeya, más bien ocurrió una serie de erupciones paulatinas, que iniciaron con la exhalación de cenizas. Después, el volcán comenzó a arrojar material piroclástico —roca ardiente— y en seguida se dieron las emisiones de lava”, explica Alejandro Meraz.

La erupción paulatina permitió a la población del sur de la Cuenca de México migrar y no ser sorprendidos por la lava. Alejandro Meraz comenta que justo entre el 200 y el 300 de nuestra era, periodo cercano a los cálculos de temporalidad de la erupción del Xitle, se registró un aumento en las regiones al norte de México, como Texcoco.

Y aunque la lava no alcanzó por igual toda la zona sur de la Cuenca y Tlalpan no se vio afectado, como sí le sucedió a lo que ahora es el Pedregal, la lava no es el único problema durante las erupciones, también está el deterioro ecológico. La afectación a la flora y la fauna del lugar no permitió que la zona se habitara hasta años después, cuando se dio una restauración ecológica.

Las dificultades de investigar dentro de una megaciudad

Hasta ahora la aldea preclásica de Tlalpan es la más antigua de la zona, pero Alejandro Meraz hace énfasis en que debido al crecimiento de la ciudad existe mucha información arqueológica que se encuentra debajo de otras construcciones, pues después del Formativo vino el periodo Clásico, la época teotihuacana, la época azteca, la época virreinal y la época moderna.

La Cuenca de México ha estado habitada desde el periodo Formativo hasta la fecha. Aunque no por la misma cultura, se ha modificado el paisaje del lugar de manera continua y los contextos más tempranos han quedado cubiertos. Algo parecido a tener una ciudad dentro de una ciudad, dentro de otra ciudad.

Además están los problemas de realizar investigación dentro de una megaciudad como la Ciudad de México. Pues las posibilidades de investigación surgen cuando se quiere realizar una obra constructiva, pero las obras no pueden parar y los arqueólogos tienen una sola temporada, de un par de meses, para realizar las excavaciones y obtener la información, explica Alejandro Meraz.

Por otro lado, no es posible excavar fuera de la zona en la que se ha pedido el permiso de construcción. En el caso de Tlalpan, los investigadores no pueden seguir excavando en otros sitios de la UPM o en zonas aledañas. Es por eso que no se sabe la extensión exacta que tenía la aldea del Preclásico.

Pero para el arqueólogo, que ahora es el encargado de la ceramoteca de la Dirección de Salvamento Arqueológico, el problema mayor es el crecimiento descontrolado de la mancha urbana, que destruye los vestigios sin permitir una excavación arqueológica previa y termina para siempre con la posibilidad de generar conocimiento sobre el patrimonio cultural del país.

Estudiar el pasado no afecta el desarrollo

Proteger los vestigios arqueológicos que yacen debajo de la Ciudad de México es complejo, reconoce Alejandro Meraz, y acepta que la urbe tiene necesidades reales de construcción que no se pueden detener. Pero también considera que las excavaciones arqueológicas no se contraponen con satisfacer estas necesidades.

“Una idea constante que tienen las personas que van a realizar una obra, sea un particular que quiere realizar una cisterna o una empresa que quiere realizar un complejo comercial o de condominios, es que se les va a expropiar el terreno, pero las cosas no suceden de esta manera”.

El arqueólogo explica que durante el tiempo que se hace el estudio se puede llegar a restringir la construcción en algunas zonas, pero el terreno sigue siendo de las personas y en cuanto el estudio termina las obras se realizan sin problema, como habían sido planeadas. Pero el desconocimiento provoca que no se dé aviso al INAH y que las obras se realicen de manera ilegal.

Aun así, considera que la situación tiene solución y que puede ser resuelta por los investigadores, quienes tienen la responsabilidad de sensibilizar a la gente y a los trabajadores de la construcción, para que comprendan que el patrimonio cultural que se encuentra debajo de la ciudad es parte de su identidad.

Fuente: www.conacytprensa.mx