Por: MELITON GUEVARA CASTILLO.

TOLERANCIA.

La historia de la humanidad ha sido de intolerancia. Intolerancia del status quo, del sistema, que se niega a ser cambiado. Pero también, hoy en día, se vive un estado de intolerancia, sobre todo en relación con el proceso electoral. Por eso, ya más de uno de mis contactos, ha colocado en su muro el baner de “No pierda amigos por la política”, haciendo énfasis que los partidos políticos, los candidatos, a fin de cuentas ni se pelean, porque conviven a cada rato.

Efectivamente el comportamiento de algunos, seguidores de uno u otros candidatos, puede ser de intolerancia en tanto que, de otros, de abuso de la libertad de expresión. El abuso, y la intolerancia de otros, ha provocado comportamientos disímbolos en las redes sociales, al grado que unos piden que los den de baja; otros, anuncian que eliminaran a otros. ¿Cómo encontrar, si, el justo medio, de tal manera que nadie se ofenda? Obvio, es difícil, complicado.

ABUSOS, DENOSTAR Y CALIFICAR.

Cuando se defiende la libertad de expresión, por lo regular, se recurre a la expresión atribuida a Voltaire: “podre no estar de acuerdo con sus palabras, pero defenderé hasta la muerte, su derecho a decirlas”. Otros, en afán de ser prudentes o cautos, hacen notar –recuerdan, pues-, que la libertad tiene sus restricciones, que ahí donde termina la mía inicia la de otro. ¿Cómo, entonces, encontrar el punto medio, de tal manera que unos no se sientan ofendidos?

Una de las estados que orillan a la intolerancia de unos es que, en aras de una libertad de expresión, como de defender o apuntalar a un candidato, es el sentido de la expresión: que de las groserías vayan a calificar, a quienes no piensan igual que uno, como personas tontas, ignorantes, agachados… ofender, hasta donde sé, no es un argumento de persuasión, aunque si de ofender, molestar, atacar.

MARCAR LA DISTANCIA.

En lo que va de esta semana he leído en algunos de mis contactos, personas serias, nada agachonas ni medrosas, una actitud quizá de prudencia o de cuando menos marcar una distancia. Un periodista, por ejemplo, prefirió separar la cuestión familiar y para el ejercicio de su profesión dio vida a una fanpage e hizo la aclaración: eliminar a quienes no respeten su muro personal y, a sus seguidores de su trabajo periodístico, los encauso a su fanpage. Creo que hizo bien, separar la vida familiar, social, de la periodística y política.

En un muro de Facebook se explica: “A partir de esta fecha lo que se publique en esta página se entiende que es para mi familia y mis amigos, solo eso, yo no voy a eliminar a nadie de esta página, nunca he sido grosero y he corrido a nadie de mi casa, por lo que tampoco de aquí los voy a correr, pero se entiende que quienes se queden en esta página es porque son mis amigos y no tendrán por qué enojarse, criticar o reclamar por que comparto, escribo o digo tal o cual cosa”. Y en otro, se puede leer: “Desde esta trinchera digo NO a la violencia verbal, por lo menos en Tamaulipas, en Victoria, estamos hasta la coronilla de la violencia como para aguantarlos en las redes sociales… y agrega, para aclarar:Así que me lo van a perdonar, pero ya empecé a dar de baja a los que desde muy de mañana, antes de dar gracias a Dios por la vida que nos da, mandaron sus primeros insultos, bendito sea Dios…”

CORAJE E IMPOTENCIA.

Es difícil, muy difícil, etiquetar a las personas por sus ideas, sus creencias o por sus actitudes. ¿Cómo calificar, por decir, a los morenistas o amloistas, que califican, tildan, de tontos a quienes no piensan igual que ellos? O, al revés, como calificar a los panistas y/o priistas que califican de ignorantes a los seguidores de AMLO por no conocer la historia o la biografía del mismo o la de quienes, hoy en día, han sido perdonados de sus pecados y ya son candidatos a senadores o diputados? Unos y otros, ¿será?, se creen superiores a los otros.

Y es cuando uno se pregunta: ¿Cómo deciden sus votos los mexicanos? Obvio, hasta la saciedad, no lo hacen por las ideas, ni los principios, que esos ni partidos ni candidatos pueden presumirlas. Lo hacen, eso sí, por la persona: por lo que significa y representa. Y, hoy en día, esa es la cuestión, solo AMLO representa algo distinto a lo que se ha vivido en los últimos años. Pero también, deciden su voto, por coraje e impotencia, porque ya están cansadas de lo mismo y quieren un cambio… bien que saben, no pueden estar peor.

LENGUAJE, INSTRUMENTO DE PODER.

Nadie discute el poder de la palabra. Con ella se pueden lograr muchas cosas, entre ellas, convencer de lo bueno y lo malo de algo. Sin embargo, para hacerlo, es preciso disponer de argumentos sólidos. La agresión verbal no convence pero si muestra, digamos, la cara de quien la usa, cara de una persona que no tiene capacidad de usar el lenguaje como una herramienta de dialogo y persuasión. La agresión verbal, no convence, y si irrita… y, en algunos casos, las respuestas son insospechadas: todo tiene un límite, también la tolerancia.

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