La paulatina apertura hacia la inclusión de la comunidad LGBTI en Cuba se despliega bajo una sombra que las nuevas generaciones desconocen: la persecución del régimen castrista a los homosexuales.

“Caibarién es un lugar maravilloso. Creo que a las personas les gusta más que seas gay a que seas hetero”, dice uno de los creadores de las comparsas del carnaval acuático de esa comunidad de pescadores a 331 kilómetros de La Habana, en el documental Villa Rosa (2017), de Lázaro González.

Este lugar ha sido un bastión de diversidad sexual en Cuba, donde desde el triunfo de la Revolución en 1959 y hasta la década de 1990, la homosexualidad era criminalizada. De acuerdo con el documentalista, los habitantes de esta ciudad en ruinas -cuyo deterioro contrasta con el colorido de su carnaval- aseguran que siempre ha sido así. “No saben definir cuándo empezó, pero el punto es que la comunidad LGBT se ha empoderado en ese lugar”, cuenta en entrevista.

“En Cuba, un homosexual manifiesto suele ser considerado un emblema insoportable”, escribió el periodista Dean Luis Reyes en su reseña de la cinta en el portal On Cuba Magazine de Miami. En la isla, agrega, la educación sentimental masculina pasa por producir un sujeto homófobo y las políticas públicas optaron por negar la existencia de la comunidad LGBT.

La homofobia, agrega González, es producto de una herencia machista. “No llegó con Fidel, pero sí se acrecentó a partir de la Revolución”. Hasta 1971, ser homosexual era considerado contrarrevolucionario y se castigaba con trabajos forzados en las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP).

En Caibarién vive la primera persona trans que ocupa un cargo público en el gobierno cubano, Adela Hernández, quien es uno de los personajes principales del documental. Adela fue elegida domo delegada municipal de esa localidad en 2012. Ella nació como José Agustín Hernández. En la película cuenta el calvario que fue vivir con su condición en Cuba y en el entorno familiar, y cómo logró cambiar de sexo y la libertad de ser.

“Quizá uno de los problemas del análisis de las culturas en resistencia LGBT en Cuba es que instituciones como el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex, que dirige Mariela Castro, hija del ex presidente Raúl Castro) están luchando por causas positivas, como el matrimonio igualitario, pero descuidan el rescate de la memoria de un pasado oscuro, por la persecución”, asegura González.

El realizador trabaja actualmente en el documental Sexilio, sobre los homosexuales que tuvieron que salir del país en las décadas de 1960 y 1970, cuando eran confinados a las UMAP, acusados, por su identidad sexual, de ser enemigos de la Revolución.

Hacia la integración

La agenda de los derechos homosexuales en la isla fue considerada en las recientes discusiones para modificar su Constitución. El pasado domingo, en un mensaje televisivo, el secretario del Consejo de Estado, Homero Acosta, informó que el Parlamento cubano -que trabajó entre el 21 y el 23 de julio en esos cambios legales- abrió las puertas al matrimonio entre personas del mismo sexo.

La fotógrafa española Nuria López, quien trabajó entre 2009 y 2011 en La Habana la serie Sex and revolution, como parte de un proyecto que realiza sobre la comunidad LGBT en distintos países, considera que desde que Raúl Castro encabezó el gobierno cubano hay cambios importantes en materia de inclusión y tolerancia a la diversidad sexual.

“En 2008 se organizó la primera manifestación contra la homofobia y la transfobia en Cuba; yo llegué a trabajar mi serie al año siguiente. Había estado antes allá y me di cuenta del cambio, aunque la sociedad siempre va mucho más lenta. Tantos años de políticas homófobas no terminarán fácilmente, pero en 2009 se aprobó la reasignación de sexo”, señala.

La fotógrafa, quien ha trabajado en la isla desde 1998, advierte que no será fácil romper con el esquema machista imperante. “Recuerdo un día que iba en un autobús y en la calle había una pareja de chicos que no se estaban besando ni abrazando, pero cuando otros chicos dentro del camión los vieron, se asomaron por la ventana y empezaron a insultarlos. Con todo, creo que para el poco tiempo que lleva con políticas de sensibilización en diversidad sexual, Cuba está mucho más avanzada que otros países”.

Recientemente, el cine ha abordado temáticas homosexuales, casi ausentes de la producción cubana tras el estreno de Fresa y chocolate (1983), de Tomás Gutiérrez Alea. En la cinta, David (Vladimir Cruz), un estudiante heterosexual, defiende el derecho a ser revolucionario de Diego (Jorge Perugorría), su amigo gay.

“En Cuba los espacios clandestinos nunca lo son del todo”, dice el director Damián Sáenz en la presentación de su cortometraje Batería, que se exhibió en mayo pasado en el festival Documenta de Madrid.

“La clandestinidad en realidad tiene que ver con la manera en que las instituciones o el poder se relacionan con esos espacios, dándoles la espalda, asediándolos”, agrega el cineasta, quien filmó dentro de una fortaleza abandonada que es sitio de reunión para encuentros sexuales entre hombres.

Otras producciones recientes son el largometraje Santa y Andrés (Carlos Lechuga, 2016), sobre un escritor censurado por su crítica a los errores de la Revolución -que no se exhibió públicamente en su país, pero se ha exhibido en festivales-, y el corto Luxemburgo (Fabián Suárez, 2016), que cuenta la relación fallida entre un hombre obeso y soñador y un atractivo guardia de seguridad de la primera fábrica de McDonald’s en Cuba.

Los ajustes legales son importantes, concluye Lázaro González, pero insiste en que el rescate de la memoria también es un asunto pendiente para su comunidad.

“Nací en 1990 y mi generación está marcada por muchas lagunas históricas. La mayoría de la gente está tan desesperada por el presente que le cuesta mirar al pasado, son temas de los que no se habla. Yo no llegué a saber de la represión y la persecución hasta que entré a la universidad”, dice el cineasta.

Fuente: www.elfinanciero.com