Para Paz, el movimiento estudiantil fue reformista y democrático, pero la respuesta gubernamental sobrepasó la violencia ejercida en años anteriores.

La narrativa de la transición democrática significa el movimiento estudiantil de 1968 como su acto fundacional. Los derechos elementales de asociación y manifestación, la abrogación de leyes represivas, un diálogo público, y el esclarecimiento y el castigo a los responsables de los hechos sangrientos conformaron el pliego petitorio de una sociedad agraviada. La revuelta juvenil mostró a los ojos de la nación y del mundo las grietas de un Estado autoritario, intolerante hacia la independencia de la sociedad civil organizada, como experimentaron en la década anterior mineros, maestros y ferrocarrileros, y recién, en 1965, los médicos. Derrotado el movimiento estudiantil dejó, sin embargo, huellas durables en el imaginario colectivo, la agenda política de la izquierda y el campo intelectual, hegemonizado por los ideólogos del régimen.

Desde ángulos diferentes, Octavio Paz y José Revueltas afinaron su concepción acerca de la democracia y de las posibilidades de su concreción en México con base en el movimiento estudiantil y su saga represiva. La del poeta, cargada de tintas liberales, consciente de la necesidad de desmontar el régimen corporativo; y la del novelista, una democracia social sustantiva. La diferencia no es menor, ni tampoco las consecuencias en el debate público de las siguientes décadas. De hecho, ambas trazaron horizontes de expectativa distintos, cada una con la propia línea interpretativa de los acontecimientos presentes y pasados, y del futuro al que se aspiraba. Al mismo tiempo, y de allí su actualidad, representan dos lecturas posibles del movimiento de 1968 y del contenido de la democracia.

Según Paz, la Revolución mexicana conformó una “dictadura revolucionaria” —hace paralelos frecuentes con la Revolución rusa— impedida de devenir en dictadura personal por el principio de no reelección. Más que una democracia política, la tentativa del régimen fue “crear una democracia por funciones”, basada en la representación corporativa por sectores del partido, esto es, más comprehensiva que auténticamente democrática. Y, con respecto del conjunto de la sociedad, no le cabía duda a Paz que “en México no hay más dictadura que la del PRI—esto lo sostenía en 1969, no en 1990— y no hay más peligro de anarquía que el que provoca la antinatural prolongación de su monopolio político”. Monopolio cuestionado por la irrupción juvenil que planteó la alternativa “democratización o dictadura”. Para el poeta, el movimiento estudiantil fue “reformista y democrático”, a pesar del radicalismo de izquierda de algunos dirigentes. Empero, la respuesta gubernamental sobrepasó la violencia de las precedentes y de la ocurrida en otras geografías por poseer un trasfondo histórico bastante denso: “fue la repetición instintiva que asumió la forma de un ritual de expiación; las correspondencias con el pasado mexicano, especialmente con el mundo azteca, son fascinantes, sobrecogedoras y repelentes”.

La democratización, de acuerdo con la Posdata, de Paz, exigía destruir la pirámide trunca de la mexicanidad en la que se sustentaba el despotismo ancestral que no lograron enmendar ni la Colonia ni la república independiente. Acendrado cual atavismo, el despotismo constituía la partitura oculta de la historia nacional que, no obstante modificar sus formas, periódicamente daba lugar a la violencia sacrificial. Esta circularidad de la historia pretendió quebrarla la Revolución mexicana, perfilando un horizonte que volviera reliquia aquella temporalidad arcaica. La matanza de Tlatelolco acabó trágicamente con esta ilusión del progreso ilustrado. No todo estaba perdido, pero había que recomenzar, ha sabiendas ahora que no habría transformación posible si no se desmontaba críticamente la pirámide. Ésta no sólo simbolizaba el poder, era el poder mismo, la sustancia de la mexicanidad. En su forma moderna, la pirámide conformaba la representación del PRI, de un dispositivo del poder que periódicamente se renovaba colocando en la cúspide al presidente de la República, encarnación moderna del tlatoani que “representa la continuidad impersonal de la dominación”. Para minar la pirámide habría de comenzar por los cimientos, es decir, desmontar el edificio corporativo democratizando los sindicatos, acabar con los monopolios (públicos y privados) en las distintas esferas de la sociedad mexicana (Estado, partidos, capitalistas privados), “y encontrar formas nuevas y realmente efectivas, de control democrático y popular lo mismo del poder político y económico, que los medios de información y de educación”, porque, a fin de cuentas, “el monopolio político implica no sólo el control de las organizaciones populares sino de la opinión pública”.

Ya en México: Una democracia bárbara, Revueltas había radiografiado el régimen posrevolucionario la cual sintetizó con una analogía memorable: “así como el pueblo afirma que al pulque sólo le falta un grado para convertirse en carne, al Estado mexicano sólo le falta un grado para ser fascista”, adelantándose un par de décadas a la no menos popular caracterización de Mario Vargas Llosa: “la dictadura perfecta”. Esa frase que tanto enfureció a Paz. Si bien sostenía Revueltas que la Revolución de 1910, como antes la Independencia y la Reforma, obedecieron a una dialéctica necesaria en la que cada etapa histórica no desaparecía hasta antes agotar sus posibilidades inmanentes, también estaba cierto que el andamiaje legal e institucional del Estado posrevolucionario conformó la losa que impedía el desarrollo autónomo de la clase obrera, sujeto histórico de la revolución socialista. Y, en adelanto del argumento que desarrollaría Roger Bartra en La jaula de la melancolía, el escritor duranguense definió lo que denominamos “política mexicana” como “una superestructura de supercherías, conceptos míticos y reducciones ad absurdum, donde se refleja, distorsionada, como en un espejo convexo, la realidad auténtica de acuerdo con la cual esta superestructura es tan sólo el fetiche, el símbolo que la sustituye, la traducción que la vierte a otro idioma distinto”.

La perspectiva acerca de la democracia y la expectativa futura de Revueltas y Paz no son contradictorias, pero si diferentes. No obstante que permaneció en prisión durante dos años y medio, la posición del novelista con respecto de la democratización del país era más optimista que la de Paz, si bien compartían la tesis de que había que desarmar el régimen corporativo y permitir la pluralidad política. La idea democrática de Revueltas ancla en los conceptos de autorganización, autonomía y crítica. La democracia es resultado de la deliberación colectiva de individuos reflexivos y críticos que se organizan de manera independiente y autónoma a fin de actuar en el ámbito de su competencia (laboral, educativa, sectorial) y de participar en la esfera pública. Para el autor de El apando, la democracia deberá construirse de abajo hacia arriba; su esencia es la confrontación, más no la negación de otro, antes bien convoca a un debate crítico, siempre libre y abierto, que conduce a la deliberación común, pero tampoco se agota en ella, ya que debe traducirse en autogobierno, en la capacidad de la colectividad de regir su destino, esto es, lo contrario de la dominación de unas clases sobre otras o del Estado con respecto de individuos y comunidades. Y su objetivo es la transformación de la sociedad mediante la praxis, es decir, la acción orientada a un fin prefigurada por la conciencia crítica, no alienada.

Para Paz, la democracia pasa por la pluralidad, pero no implica necesariamente la autonomía de los actores; representa un cambio en la esfera política, aunque sin modificar en lo fundamental un sistema económico que, como él mismo admite, no revirtió las “escandalosas desigualdades”. La solución democrática, enuncia el poeta, permitirá integrar al “México subdesarrollado o marginal”, empleando una porción de los beneficios del indubitable crecimiento económico en el desarrollo social.

Tenemos entonces en Paz un planteamiento que parte de la política y filtra a los demás órdenes de la sociedad: la llave, pues, es la democratización del régimen. Éste, eficiente en términos económicos mediante la economía mixta, no consiguió el crecimiento espectacular de la Unión Soviética —en ese momento en un estancamiento que el poeta no advierte—, aunque logró una expansión apreciable durante el “milagro mexicano”. No obstante, en uno y otro caso la situación era insatisfactoria porque “sin democracia, el desarrollo económico carece de sentido”. Ahora bien, esto era una suerte de destino en los países atrasados, porque la contradicción entre el crecimiento económico y la reforma social siempre se resolvió en favor de aquél. Y era así porque únicamente existen dos tipos de revoluciones en la edad moderna según Paz: las que son consecuencia del desarrollo en todos los ámbitos y las que no. Las primeras tenían de suyo un efecto virtuoso, dado que conducían al progreso social; las últimas, que el autor de Posdata duda incluso nombrarlas revoluciones, “degeneran en regímenes burocráticos más o menos paternalistas y opresores”. La conjunción de la fatalidad transhistórica, inherente a los sanguinarios mexicas, y la nula vocación democrática de las revoluciones consecuencia del subdesarrollo, condujeron al desenlace de Tlatelolco, ese fin trágico, ineludible, en el que culmina “ese perpetuo presente en rotación”. Un presente abierto, pensaba Revueltas, porque los sujetos, autónomos y críticos, eran conscientes de su responsabilidad histórica, por tanto, podían transformar la realidad. De esta manera, en 1968 la juventud “recogió todas las banderas pisoteadas, desgarradas, escarnecidas. Todas eran banderas rojas. Siguen siendo banderas rojas”.

Carlos Illades es historiador y profesor titular de la UAM-Cuajimalpa. Autor de El futuro es nuestro. Historia de la izquierda en México (Océano, 2018) y de El marxismo en México. Una historia intellectual (Taurus, 2018).

Fuente: www.elfinanciero.com

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