Andadas

243
Por:  Víctor Alejandro Segovia Villegas
Kevin Eduardo Saldaña García
Bequi Sarahí Dosal Núñez
Paola Mabel Saavedra de León
Valeria Sarahí Ambriz 
Christian Eduardo Rivera Perales

Se hacía tarde, como era costumbre su madre gritaba desde la habitación adyacente, iba demorada con treinta minutos, aún así Sofía informó a sus amigos que ya iba próxima a salir, que se había atravesado una complicación en el trayecto. Era sólo una excusa por haberse quedado dormida horas antes del tiempo estimado a la reunión. Tomó las llaves de casa y se dirigió a la salida, avisando en voz alta que no sabía la hora de su llegada pero que tendría cuidado en su andar. Su madre hizo una mueca de preocupación pero aún así le sonrió a la chica.

Al momento estar fuera de casa le llegó un estremecimiento por todo el cuerpo, eran las consecuencias del crudo invierno de diciembre por el que atravesaba la ciudad en dichas fechas. Por inercia introdujo sus manos a los bolsillos de su chaqueta que no arropaba ni un poco. El ambiente en esos momentos era un fuerte frío que golpeaba su rostro con fuerza al caminar, apurando el paso conforme iba llegando aquellas escaleras interminables. A pesar de que no estaba tan lejos de su destino llevaba un retraso de muchos minutos y a la vez un par de amigos impacientes que estaban en su espera para acudir un día más a la pista de hielo de la ciudad, como era de costumbre en su pequeño grupo de amistades.

Se acercaba, calles despobladas que hacían un poco de impaciencia cada vez más su andar, no estaba muy familiarizada con el hecho de estar por las calles a esas horas de la noche, aún así no se quería perder esa reunión. Atravesó escaleras, una cancha de fútbol, dos escuelas, hasta que llego a su destino. Al acercarse divisó el rostro de sus cuatro acompañantes, era obvio el semblante de molestia que portaban en esos momentos por el retraso de ella. Aun así les sonrió descaradamente y al momento de que se disculpaba. Contentos Sofía y los cuatro chicos, comenzaron su andar por todo el bulevar José López Portillo. Pláticas, risas y recuerdos que poco a poco su andar se convirtió en testigo de sus historias antes de llegar. Sin percatarse de que se encontraban llegando a las calles del centro de la ciudad, las cuales a esa hora no contaban con muchos peatones ni automovilistas, daban casi las ocho de la noche, se aproximaba la apertura de la pista de hielo junto con la encendida del pino en la Unidad Deportiva “Adolfo Ruiz Cortines”, estaban ansiosos por llegar.

Su andar continúo por la calle Miguel Hidalgo, por la cual se apreciaba como poco a poco aquellos negocios que aún estaban abiertos, se iban uniendo aquellos que ya estaban por bajar sus cortinillas. Se sentía un ambiente diferente, se empezó a llenar de personas a su alrededor que probablemente acudían al mismo destino que los chicos. Rostros divertidos, voces que sonaban a su alrededor proveniente de distintos grupos sociales, la forma en la que estaban abrigados cada uno de ellos era merecedor de aquel severo frío de esa noche.

Continuaron, dejaron atrás la conocida plaza que se localiza entre la calle numero 15 y 16. Hasta llegar al Libre 17 de ese día domingo, completamente lleno con rostros felices que disfrutaban de esa tarde noche, un cambio demasiado drástico al anterior que habían experimentado, se presentaba más vida, más ambiente, se rodeaba una tranquilidad que hacía que cada vez se emocionaran por llegar hacia donde tenían destinado. En esos momentos se comenzó a escuchar en el cielo grandes estruendos de los juegos artificiales que avisaban el comienzo de la encendida del pino en la Unidad Deportiva. Sin dudarlo apresuraron sus pasos para llegar lo más pronto posible. A sus lados los acompañaban más chicos que contentos les decían que más rápido porque se estaban perdiendo el gran espectáculo.

Y así fue, sólo se perdieron la pirotecnia pero no las demás sorpresas de dicho evento. Muchísima gente reunida en los alrededores del estadio, familias completas y grupos de amigos felices presenciaban por un lado el espectáculo de la música, otros capturaban el momento con sus celulares a un lado del pino navideño, puestos de comida llenos con familias que disfrutaban sus comidas en esos momentos, personas llevaban su andar hacia la pista de hielo que estaba repleta de victorenses que se acercaban poco a poco a presenciar la apertura de ella y unirse al espectáculo que se esperaba cada año, con acróbatas que realizan un espectáculo magnifico en donde los más pequeños quedaban perplejos por cada movimiento que realizan los patinadores que portaban vestuarios acordes a las fechas decembrinas con rostros alegres. La música resonaba en todo el lugar, no había espacio, todos rosaban sus brazos con las personas a sus costados. Aún así existía felicidad en el rostro de todos. Varios con sus celulares grababan el momento, el grupo de amigos de Sofía no se quedaron atrás y comenzaron a retratarse, felices, juntos.

Cuando llegó la culminación del espectáculo, se formó una cantidad de personas para poder tener acceso a la pista, al principio el grupo de amigos estaban animados a realizar lo mismo, pero optaron por dirigirse a comer algo para poder retirarse a sus hogares después. Hasta ese momento ya habían transcurrido aproximadamente cuatro horas y tenían que ir a sus casas después de eso.

Sofía, por su parte se encontraba feliz, al final de la noche emprendieron el mismo recorrido de un inicio. Cada uno iba tomando rumbos a sus hogares conforme, todos con sus cuerpos titiritando, pero eso nada los detuvo para pasar un buen momento ese día. Después de despedirse todos, Sofía volvió a recorrer la misma ruta, pero ahora se encontraba sola de nuevo, manos en los bolsillos, nariz tapada por una cómoda bufanda, aire frío golpeando su enredada cabellera, un poco incomoda por el momento, apresuraba cada vez su andar y al mismo tiempo voltear la vista a sus espaldas, cuidaba su caminar a esas altas horas de la noche, turbación mezclada con júbilo. Sentía miedo, no sabía que podía esperar en esos momentos por su barrio peligroso. Siempre le dijeron que tenía que aprender a cuidarse sola, a no frecuentar lugares desolados, a tener horarios determinados, la habían enseñado a sobrevivir y no a vivir. Con el miedo aún en su mente y cuerpo, sujetaba su celular dentro de sus bolsillos, por precaución, pero poco a poco sus ojos comenzaban a reconocer el lugar, su hogar estaba muy cerca y no podía evitar sentirse aliviada. Pocas cuadras quedaban frente a ella, su cuerpo se sintió relajado por unos instantes, no pudo evitar soltar un mohín al estar frente al portón de su hogar, notando que una luz aún estaba encendida en una habitación. Era su madre, aún despierta esperaba a que su hija regresara, con vida.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here