En este momento, el uso de un lenguaje profético, de extracción cristiana, está siendo efectivo para caracterizar la situación social y las expectativas políticas de muchos ciudadanos que han dejado de creer que la democracia sea suficiente.

Al parecer muchas personas en México rechazan la idea de un cambio paulatino del sistema político y están a favor de un cambio a mayor velocidad y generalizado.

También comulgan con la idea de que vivimos una profunda decadencia moral, que se entiende como un problema de dimensión social y no individual, responsable de la corrupción y de la ola de violencia.

A menudo estas dos ideas vienen acompañadas de un deseo: si le damos vuelta a todo esto rápido, vendrán tiempos mejores.

Hay razones para que esto ocurra.

En 1992, en pleno ascenso del neoliberalismo como doctrina económica y política, y tras la caída del Muro de Berlín, que daba fin a la Guerra Fría, Francis Fukuyama publicó El fin de la historia, que despertó un amplio debate debido a lo provocador de su tesis.

Fukuyama sostenía el fin de las ideologías y con ello el fin de las guerras y las revoluciones. La democracia liberal, tanto como modelo económico, como político, quedaba entonces como la única opción para el desarrollo futuro de la humanidad.

Estas ideas sirvieron durante las últimas décadas como marco teórico para el discurso político: solo había un camino a seguir, no existían más opciones para la organización social o de la economía, de modo que toda carencia o problema debía ser resuelto dentro del marco de la democracia liberal, en una visión progresiva, pero limitada, del cambio histórico. En México esta visión coincidió con la primera alternancia política en décadas, y se vio reflejada en la continuidad de muchas políticas, siempre con la expectativa de que cada vez se corregían algunos errores y se daría un paso más en la dirección correcta.

En eso el país no era ajeno a lo que ocurría en muchas otras partes del mundo, particularmente en Europa y en Estados Unidos, donde pese a los distintos grupos políticos en el poder, permanecía inalterable la idea de que no había más alternativas, porque las políticas seguidas continuaban dando resultado.

Entonces comenzaron a aparecer grupos políticos que no coincidían con la idea de la opción única.

Todavía hoy su perfil ideológico no es fácilmente asimilable a la tradicional división entre derecha e izquierda, conservadores y liberales, que conformaban las opciones políticas dentro del modelo de democracia liberal.

No tenían, pues, un lugar dentro del modelo de la “opción única” del “fin de la historia”. Y ponían en cuestión principalmente la idea de que el cambio debería ser paulatino dentro de un modelo que ya había probado ser exitoso.

Lo que une a Donald Trump en Estados Unidos; a Matteo Salvini, en Italia; a János Áder, en Hungría, y a Andrés Manuel López Obrador, en México, por poner unos cuantos ejemplos, es la misma idea de encontrar una situación moralmente degradada, amenazante y llena de peligros, y el anuncio de una nueva época que cambiará todo lo que estaba mal.

Dicho de otra forma, en unas cuantas décadas pasamos del inmovilismo del fin de la historia a la promesa del inicio de una nueva era para el hombre. Y si algo tienen en común muchos de ellos es precisamente el uso de un lenguaje que recoge y amplifica las tres ideas que mencionamos al principio.

Por ejemplo, el 8 de febrero en Ciudad Altamirano, Guerrero, al presentar el Programa Nacional de Fertilizantes, el presidente de la República dijo a los jóvenes:

“Nadie se debe de portar mal, ya se acabó el que estemos actuando de manera deshonesta. No podemos estar yendo a los templos o a la iglesia si no respetamos los mandamientos, si no actuamos con rectitud”.

La exhortación entre didáctica, moral y apostólica, forma parte de un lenguaje que no era común entre los líderes políticos recientes en México, y que sorprende por mezclar ámbitos que pensábamos independientes de la política: el religioso y el moral.

Pero esto no es causal.

Estos exhortos forman parte de un discurso político que tiene una característica central: el anuncio de una nueva era.

“Pero por encima de todo –dijo el presidente durante su discurso de toma de posesión en el Zócalo- actuemos con optimismo y alegría porque tenemos la dicha enorme de vivir tiempos interesantes; estamos ante un momento estelar de la historia porque entre todos empezamos a construir la justicia y la felicidad que nuestro pueblo se merece y una nueva vida a nuestra gran nación”.

Una nueva vida de justicias y felicidad plena. Veamos, ¿dónde hemos oído antes eso?

Sí, de cierto modo en los Evangelios. Pero en realidad son expresiones más cercanas a las de algunos profetas que propiciaron distintos movimientos políticos durante la Edad Media en Europa.

Son expresiones también de muchos otros movimientos proféticos ligados en algunos casos a grupos revolucionarios, como la guerra civil inglesa, pero también de grupos revolucionarios en el siglo XX.

Todas estas son expresiones basadas -a veces de manera muy cercana y otras no tanto- en interpretaciones de la profecía del Apocalipsis, donde se anuncia la llegada de una nueva era y el establecimiento de una Edad del Espíritu Santo, como la llamó Joaquín de Fiore (1135-1202), uno de los principales teólogos milenaristas.

Esa edad sería, en palabras de Tommaso Campanella, un momento en que “los buenos serán separados de los malos y habrá un nuevo cielo y una nueva tierra. El brillo del sol se multiplicará por siete y la luna será como el sol actual: y esto durante mil años…”.

El término milenarista viene precisamente de la expectativa de que esa Edad venidera y buena duraría precisamente mil años.

No es difícil observar los puntos de contacto entre el lenguaje milenarista y la forma como se expresan muchos líderes políticos contemporáneos -además del presidente de la República-, que se han desmarcado de las políticas neoliberales de sus antecesores: la denuncia de un estado de cosas catastrófico, producto de la avaricia, la corrupción, el desinterés; un trasfondo originalmente bueno de los hombres y la cercanía de una gran transformación que vencerá la corrupción y restaurará esa grandeza de los hombres buenos.

A menudo, el uso de la retórica milenarista en México ha sido cuestionada y puesta en oposición política con la idea de la democracia liberal.

Desde el “Mesías tropical”, de Enrique Krauze en 2006, al recurrente título de “El Evangelio de López Obrador” en columnas de opinión en los medios, o la recurrencia a llamar las conferencias de prensa como el púlpito presidencial, hay una tendencia a señalar la inquietud que provoca el lenguaje milenarista, por promover la figura de un líder fuerte y autoritario, que vendría a ser contraria a la democracia y a todas las ideas que, hace apenas unos años, eran todavía dominantes.

La polémica tiene, por supuesto, un sentido dentro del debate político en México, pero subestima una cuestión fundamental: hoy, en este momento, el uso de un lenguaje profético, de extracción cristiana, está siendo efectivo para caracterizar la situación social y las expectativas políticas de muchos ciudadanos que han dejado de creer, precisamente, que la democracia sea suficiente.

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