Denis Diderot objetó la censura, se pronunció por la división de poderes, se manifestó en contra del colonialismo y la desigualdad social.

El sábado 31 de julio de 1784 Denis Diderot disfrutaba la comida, como lo hizo toda su vida: sopa, cordero hervido, lechuga, durazno y remató con un poco de compota de cereza. Ante una pregunta sin responder, su esposa se dio cuenta de que el director de la Enciclopedia había muerto. La autopsia consignó un hígado endurecido, 21 piedras en la vesícula, los riñones hinchados, los pulmones llenos de agua y el corazón dilatado. Se sospecha que el más discreto de les philosophes falleció a causa de una trombosis de los vasos coronarios. Ignorantes de cuánto 1789 debía a su talento, desconocidos profanaron su tumba durante la vorágine revolucionaria y arrojaron los restos de Diderot, y de muchos otros, a la fosa común.

Sin la precocidad de D’Alembert, la estrella de Voltaire o la sinuosidad de Rousseau, Diderot tuvo una talla semejante y dejó un legado aún vigente. Colocado en el ala radical de Las Luces, el escritor nacido en Langres contribuyó a modelar los ideales igualitarios y democráticos de la modernidad, apunta el historiador Jonathan Israel. ¿Quién, si no Diderot, objetó la censura, reclamó la protección del derecho de autor, se pronunció por la división de poderes —para evitar a la monarquía degenerar en despotismo— y esbozó una moral secular, reivindicando la educación pública (y también la universidad pública), el valor de la ciencia, la divulgación del conocimiento, la práctica de la tolerancia, y se manifestó en contra el colonialismo y la desigualdad social?

El cuchillero Didier Diderot envió a segundo hijo a la Sorbona para habilitarse como abogado, médico o procurador. Aunque Denis concluyó los estudios, cinco años en la universidad le sirvieron para estudiar matemáticas y geometría, leer a los clásicos y aprender latín, griego, italiano e inglés, abriéndose un horizonte distinto del previsto por su progenitor. Además, el joven se casó a escondidas, ahondando el distanciamiento con el padre. Su amplio y variado saber, aunado al conocimiento de lenguas, permitieron a Denis hacerse de algunos trabajos de traducción y ganarse la vida por cuenta propia.

El abate de Condillac presentó a Diderot con Rousseau, quienes trabarían amistad por 15 años. La cercanía fue tal que incluso algunos atribuyen a Diderot la iconoclasia del Discurso sobre las ciencias y las artes, que valdría a Jean-Jacques el premio de 1750 de la Academia de Dijon y el reconocimiento público. De acuerdo con la hija del autor de Jacques el Fatalista, “mi padre dio a Rousseau la idea de su Discurso sobre las artes, que revisó y quizá corrigió”. Más duro todavía, el autor de La religiosa diría del ginebrino: “Me chupaba la sangre, se apropiaba de mis ideas, y afectaba poco menos que desprecio a mi persona”.

Pocos años atrás, Diderot había conocido al joven prodigio de Jean le Rond D’Alembert, con quien se embarcaría en la aventura de la Enciclopedia. D’Alembert, según Ray-mond Trousson, “pasaba a los 28 años por ser uno de los más grandes matemáticos y físicos de todos los tiempos, capaz de resolver problemas que habían hecho desanimarse a Newton”. Tras dos intentos frustrados, el librero André-François Le Breton ofreció en 1747 a Diderot y D’Alembert dirigir la publicación de la Enciclopedia o diccionario universal de las artes y de las ciencias, traducido de los diccionarios ingleses de Chambers y de Harris, con adiciones. El inglés Ephraim Chambers era autor de Cyclopædia; or, An Universal Dictionary of Arts and Sciences, referencia desde 1728 para las grandes recopilaciones del saber. El proyecto de Diderot, sin embargo, era de mayor extensión y alcance, ya que se propuso modificar el sentido común de la época, esto es, “cambiar la manera corriente de pensar”. Le Breton financiaría la obra con la venta de suscripciones y ofreció a Diderot un contrato por 7 mil 200 libras, asignándole un pago mensual de 144. Estaban previstos 10 volúmenes de texto y 4 de grabados, los cuales finalmente se transformaron en 17 y 11, respectivamente. Denis no haría fortuna con ella, mientras los libreros obtuvieron beneficios que rayaron en las 2 millones 500 mil libras.

Hijo de artesano, Diderot carecía de prejuicio respecto del trabajo manual, por lo que no tuvo inconveniente alguno en concurrir a los talleres a enterarse de los secretos de los oficios, asistido por un dibujante para levantar los croquis que describían los procesos de trabajo y las herramientas empleadas. En paralelo, Denis invitó a las mejores inteligencias de la época a escribir las entradas de la Enciclopedia, lo cual no obstó para que él redactara muchas de ellas, además del trabajo editorial, las traducciones y de vérselas con los censores reales y las triquiñuelas de Le Breton. Tan sólo en el primer volumen, publicado en 1751, de los aproximadamente 4 mil artículos —nos dice Philipp Blom— mil 934 son de la autoría de Diderot, 484 de Edmé Mallet, 199 de D’Alembert y 20 de Rousseau. Más adelante, el barón D’Holbach —materialista duro, sabio y ateo— aportará al proyecto editorial más de 400 artículos propios sobre química, metalurgia y mineralogía.

No obstante el trabajo abrumador, más todavía cuando D’Alembert abandonó la edición de la Enciclopedia después de la edición del tomo VII, Diderot encontró tiempo para practicar todos los géneros literarios, concurrir a las tertulias y salones parisinos, disertar acerca de la ciencia, la filosofía, las artes, la religión y la política, además de ejercer la crítica de los autores contemporáneos, pisar la prisión, tener relaciones extramaritales, educar a la única hija que le sobrevivió y jugar con su nieta en los últimos años de su vida. Eso sí, el autor de la Carta sobre los ciegos para aquellos que ven detestaba viajar. Cuando se distanció de Rousseau, al que no dejó de estimar, Denis ironizó con respecto del aura de “antifilósofo” que poseía el ginebrino, habiendo edificado su fama con base en la contradicción y la paradoja. Únicamente alguien como el autor del Contrato social era capaz de ser “católico entre los protestantes, protestante entre los católicos, y deísta entre los unos y los otros”.

Materialista en filosofía, Diderot consideraba que las verdades científicas deberían fundarse en tres pasos interrelacionados: observación, reflexión y experiencia. De esta forma, recusaba las verdades a priori, el empirismo vulgar y la apelación a causas finales, negación de toda ciencia. Sin embargo, esta no debería ser el coto de una élite ilustrada, antes bien, el saber debería estar al alcance de todos. Por esta razón, el autor del Proyecto de universidad para el gobierno de Rusia —redactado a solicitud de Catalina la Grande— era decidido partidario de la educación y universidad públicas, pues constituía un despropósito condenar a las clases populares a la ignorancia. Es más, el Estado habría de becar a los estudiantes talentosos, pero de ninguna manera recompensar a los mediocres.

Para Diderot eran inaceptables tanto el despotismo, así fuera ilustrado al estilo Federico el Grande, a quien se rindiera Voltaire, como el colonialismo. En la perspectiva de Diderot, el soberano solamente era usufructuario del poder, asistiendo al pueblo —único depositario legítimo del poder, en lo que coincidía con Rousseau— el derecho a la rebelión en caso del incumplimiento del contrato entre aquél y los súbditos. A través del relato del navegante Louis-Antonie de Bougainville, Denis descubrió Tahití un siglo antes que Gauguin. Desde la óptica del filósofo, los europeos eran los responsables de que la propiedad egoísta y el crimen proliferaran en los territorios conquistados, amén de propagar una religión hipócrita que sembraba dudas injustificadas acerca de los actos más naturales de la especie humana. Que gozaran de libertad sexual los tahitianos no implicaba para Diderot la ausencia de códigos de conducta socialmente aceptados, y menos la barbarie, ya que sus costumbres estaban sancionadas por la naturaleza, respondían a ella. Por el contrario, el universo social de los colonizadores blancos obedecía a obligaciones injustas, irracionales e insuficientemente fundamentadas. No ocultó tampoco el director de la Enciclopedia su admiración por el independentista haitiano François Dominique Toussaint Louverture, “ese gran hombre que la naturaleza debe a sus hijos vejados, oprimidos, torturados”.

Los honores otorgados en vida a Diderot quedaron cortos en relación con la dimensión de su obra. Ingresó en 1751, junto con D’Alembert, a la Academia Real de Ciencias y Bellas Letras de Berlín. En 1758 presentó su candidatura a la Academia de Ciencias de Francia; sin embargo, el rey designó al inventor de máquinas Jacques de Vaucanson. En 1767 lo nombraron miembro honorario de la Academia Imperial de las Artes de San Petersburgo, además de que Catalina II, dos años atrás, había realizado una generosa oferta por la biblioteca del filósofo, la cual le permitiría reunir la ansiada dote para su hija, a la vez de conservar el acervo mientras viviera. Posteriormente, sin éxito, Diderot coqueteará con la posibilidad de publicar la Enciclopedia en Rusia. Goethe reconoció su genio y Schiller tradujo al alemán una parte de Jacques el Fatalista, obra póstuma del filósofo francés. De todos modos, Diderot sabía que había empeñado el brillo personal en aras de una obra que, en rigor, era para todos. Así, tironeado por la satisfacción y la amargura, escribió a su esposa: “dentro de 8 o 10 días veré el final de esta empresa que me ocupa desde hace 20 años: que no ha hecho mi fortuna, ni mucho menos; que me ha expuesto repetidas veces a tener que dejar mi patria o a perder mi libertad, y que me ha consumido una vida que podría haber sido más útil y generosa”.

Carlos Illades es historiador. Profesor titular de la UAM-Cuajimalpa. Autor de El futuro es nuestro. Historia de la izquierda en México (Océano, 2018) y de El marxismo en México. Una historia intelectual (Taurus, 2018).

www.elfinanciero.com

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