El uruguayo disfruta el papel estelar en un partido en el que Ter Stegen juega el de reparto; el Madrid es un lío laboral que ya se nota

Siempre es mucho lo que hay que contar en los duelos entre el Madrid y el Barcelona. Siempre. Y casi nunca, porque el futbol no es un asunto financiero, los indicadores reflejan lo que sucedió en el césped.

Ya hace mucho que el tiempo de posesión dejó de ser referencia en el marcador. De a poco, el Barsa ha entendido que se puede tener la pelota durante mucho mucho más rato que sus rivales y perder juegos y campeonatos. Experto en la Copa -máximo ganador en la historia- el cuadro de Valverde ha devorado a un Madrid envuelto en la revuelta en el vestuario.

El primer tiempo de ayer en el Bernabéu merecía otro relato. La falta de puntería de Vinicius Jr. y los extraodinarios lances de Ter Stegen mantuvieron el cero en un compromiso marcado por el tedio, la tensión y el apretón de egos. Fueron cuando menos tres oportunidades en las que el delantero merengue pudo romper el silencio de los ceros. En todas fue tímido y errático. El Barcelona necesitaba marcar para, cuando menos, forzar al alargue. La serie, que en la ida dejó un 1-1, padecía de una calma chicha.

A la vuelta de la ducha todo cambió y en un tris. Dembélé, dinámico por el costado izquierdo, sacó del letargo a Suárez y le convidó un manjar de pase para que el uruguayo, ante el error de Ramos, empujara la pelotita al arco de Navas; fue un remate a quemarropa. Nada que hacer para detenerlo. Contra su propio asombro el equipo culé lograba su primera intención: anotar de gira. Había, pues, mucho que contar. Los marcadores tan abultados, en los que el protagonista es el mismo, suelen ser atendidos con superlativos para el astro dominante. Esta libreta de apuntes no desestima ni desdeña la labor de Ter Stegen, quien atajó, apenas después, un remate de Vinicius Jr. -a quien la tribuna ya no le guarda tanta paciencia- y un remate de cabeza del lateral blanco Reguilón, lateral sin oficio de gol. Con el viento en contra, el Madrid se hizo a la cancha enemiga con más orgullo que orden. Ya se olía la goleada. Messi en campo abierto es un cuchillo de temer.

Por los costados, la barca blanca comenzó hacer agua. Suárez, otra vez con pase de Dembélé, hizo un engrudo en el área chica en el minuto 69 y Varane clavó en puerta propia. La prisa de los hechos impidió a los de Solari hacer un atinado control de daños. En un cuarto de hora se vinieron abajo todos los planes del local, que jugaba el triste papel de desesperado en medio de la gresca. La crisis en el vestidor -esos asuntos internos- mantenía a Marcelo -tan necesario- y a Bale en el banquillo mirando la tragedia en ring side. El organigrama, la estructura pues, del cuadro blanco, es más que notoria. La lucha laboral afecta más que la deportiva. Suárez aprovechó su noche de estelar marcando un ofensivo penal contra Navas para darle una tunda al acérrimo rival en su domicilio. Fue un insulto al orgullo de un grande, que, otra vez, se conforma con el calendario que sabe jugar como nadie: Europa.

El macabro azar ha programado otra batalla para el sábado, esta vez por la Liga. El Madrid necesita reponerse de las dagas y solventar el temporal con el recuerdo de un próximo pasado.

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