Simbólicamente, el evento resultó una imagen muy poderosa: 16 mujeres sobre un podio que durante siglos estuvo reservado para los hombres.

Desde hace cuatro décadas, los lectores de la Ciudad de México se reúnen en la Feria del Libro de Minería. Pero la FIL es más que solo un evento que acerca al público a los libros, a las editoriales y a sus autores favoritos; a través de sus actividades se nos permite también resignificar nuestra relación con el espacio mismo, pues durante una semana podemos transitar y apropiarnos de cada uno de los rincones del colegio edificado por Manuel Tolsá.

El Salón de Actos es uno de esos espacios en el que ahora opera una poderosa reapropiación, quizás de una manera inconsciente, pero que, en ocasiones, como la de esta edición de aniversario de la FIL, merecen una segunda mirada. En ese mismo lugar, Porfirio Díaz, como presidente de la República, y Ramón Corral, como vicepresidente, tomaron por octava y última vez protesta para guardar y hacer guardar fielmente la constitución de los Estados Unidos Mexicanos. En la Mediateca del INAH, se puede observar una fotografía lateral del solemne acto. En ella también se observa tímidamente el águila dorada a las espaldas de Díaz. En el mismo espacio, el domingo 24 de febrero, ocurrió un evento que debe ser rememorado por sus implicaciones: Sara Sefchovich, con la misma águila a sus espaladas, presentó un concierto literario que emana de su trabajo El cielo completo. Mujeres escribiendo, leyendo, para el cual convocó a 16 escritoras para hablar de su hacer, escribir.

Simbólicamente, el evento resultó una imagen muy poderosa: 16 mujeres sobre un podio que durante siglos estuvo reservado para los hombres, primero, como Colegio de Minería, en el que solo podían estudiar varones acaudalados del virreinato y el siglo XIX, y después como sede del congreso porfirista, cuando a las mujeres se les negaba la participación política. Ahí, durante años, las mujeres solo estuvieron presentes como alegorías, es decir, estatuas que representan motivos relacionados al colegio; testigos silentes e inmóviles. La presencia de estas escritoras en el estrado, con su voz en el micrófono y sus letras en los libros, fue una declaración, una muestra del poder de la escritura.

Anamari Gomis colocó el punto de partida para la escritura de las mujeres en México: Sor Juana. Con un relato entrañable sobre su aproximación a la lectura y a la escritura a través de la décima musa, nos iluminó con su historia personal, que también es la historia de México, de la migración de los refugiados españoles, y a su vez, de la vida del ser humano y lo efímero de nuestro tránsito por este mundo. Por otro lado, Silvia Molina leyó el desasosiego de una persona disléxica en su paso por la educación básica, la confrontación con maestros que no logran descifrar al otro, y de cómo la lectura y la escritura pueden devenir en monstruo; pero también de cómo, a pesar de esto, uno se puede convertir en creador de palabras y contador de historias. Julia Santibáñez nos replanteó un dicho popular, “Mujeres juntas, ni difuntas”, sustituyéndolo por “Mujeres juntas, en yunta”, es decir, unidas en su quehacer – en este caso, las letras.

Cada una de las escritoras ahí reunidas compartió no solo su pasión por su oficio – a veces una relación compleja de amor-odio o de angustia permanente – sino su historia personal al enfrentarse a las implicaciones del acto de escribir. En el micrófono resonaba así un concepto fundamental para comprender lo que significan las mujeres escribiendo, leyendo: el parler femme, es decir, el habla-mujer. Acuñado por Luce Irigaray (lingüista, filósofa y teórica de la cultura franco-belga), el término refiere a una forma de expresarse desde la mujer, la cual ha creado una nueva manera de escribir, pues al encontrarse su escritura fuera del orden de lo masculino tiene una estructura indefinible.

La imagen de estas 16 mujeres contrastadas con las 13 esculturas alegóricas trae a la mente también las ideas de Hélène Cixous (filósofa, escritora y crítica literaria francesa), quien en La risa de la Medusa ofrece una reflexión a la escritura desde la frontera del ser mujer. Para Cixous, quien acuñó el concepto de la escritura femenina, las mujeres que escriben llevan a cabo un acto de auto representación que resulta sumamente subversivo, ya que el cuerpo de la mujer ha estado históricamente cargado de silencio. Así, la escritura también les regresa su ser-mujer. Para cuando estas teóricas feministas irrumpieron en la filosofía posestructuralista, la noción de la escritura de las mujeres como acto subversivo tenía ya su lugar en la historia de las letras; recordemos, por ejemplo, la controvertida figura de George Sand o la crítica que recibió Voltaire por escribir como mujer al hacer un estudio sobre el vestido en su Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones.

Al cierre de este concierto literario, Sara Sefchovich afirmó que “escribir es la manera de vivir la vida”, y en el caso de las mujeres escribiendo esto cobra otro sentido. De acuerdo a la historiadora del arte y antropóloga Minerva Anguiano, la escritura femenina no solo es una actividad realizada por mujeres, es un acto que rompe el canon, que es lo masculino; es decir, “lo femenino no es ser mujer u hombre, es ser canon o ruptura”. En esta edición 40 de la FIL Minería, fue ruptura.

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