Existen dos espejismos que encaminan a la juventud hacia la alienación: la pasión por lo inmediato, en la que habita una ausencia de futuro, y la pasión por el éxito, que resulta en un culto conservador por los poderes dominantes.

Alain Badiou (Rabat, 1937) escribió un libro para corromper a la juventud (La verdadera vida. Un mensaje a los jóvenes, Malpaso, 2017). Corromper, no por el dinero, como se atribuye con cierta injusticia a los sofistas, ni tampoco por el poder, sino en el sentido socrático, esto es, “intentar que no entren en los caminos ya trazados, que no se consagren simplemente a obedecer las costumbres de la ciudad, que puedan inventar algo, proponer otra orientación en lo que concierne a la verdadera vida”, expresión que el discípulo de Louis Althusser toma de Rimbaud.

Para el filósofo francés existen dos rutas trilladas por las que transita la juventud sin encaminarla a la verdadera vida, a una vida no alienada. La primera es la pasión por la vida inmediata, por el placer, el juego y el instante. Esto desposee a la vida de significado, de manera tal que ésta se presenta como “un tiempo dividido en instantes más o menos buenos, o más o menos malos”, reduciendo la aspiración del individuo a que aquéllos predominen sobre éstos. Habita esta perspectiva vital la pulsión de la muerte, tanto por el riesgo constante como por la ausencia de futuro. Al respecto, la filosofía, vehículo socrático de la verdadera vida, no puede suprimir del todo la “experiencia viva de la muerte interna”, aunque sí ofrece la oportunidad de superarla.

La otra amenaza para la juventud, el segundo espejismo, es la pasión por el éxito. Contraria en apariencia a la primera, esta opción vital es un falso proyecto, de nueva cuenta una forma de alienación. Y se traduce no ya en “la idea de consumirse en la vida inmediata sino, por el contrario, hallar un buen lugar en el orden existente”. El resultado es “un culto conservador por los poderes existentes, pues es de acuerdo con ellos como uno va a establecer su vida en las mejores condiciones posibles”. Ésta se convierte no en una suma de instantes, más bien en la adición de ardides, trampas y estrategias para alcanzar las metas trazadas y, acaso, como cualquier forma de acumulación, es insaciable: siempre nos faltará algo para sentirnos mejor.

Todavía en el siglo XX existían formas de iniciación que trazaban la frontera entre la juventud y la adultez. Para los hombres era el servicio militar y las mujeres la cumplían a través del matrimonio, con la mediación masculina. Ambos dispositivos simbólicos son inoperantes en la actualidad. También la vejez era valorada y respetable, pues reunía la sabiduría y la experiencia. Antaño, en términos existenciales, el viejo era el maestro. Sin embargo, al perderse las antiguas formas de iniciación, desaparecieron los límites y la juventud (en el caso de los hombres) se prolongó de manera indefinida. Con las mujeres ocurrió al revés, convirtiéndose en adultas a una edad más corta.

La trilogía reaccionaria “Trabajo, Familia, Patria” reserva a obreros y campesinos el primero, consagra a la mujer a la segunda, y al soldado a la última. Estos valores están en crisis al grado que “ya ningún burgués imagina siquiera tener que morir por Francia como oficial. En este sentido, ya no hay, simbólicamente, una clase dirigente. Sólo queda una oligarquía irresponsable”. Por añadidura, la vejez se transformó en un lastre —basta ver cómo la salida habitual a la debilidad de las finanzas públicas es aumentar la edad de jubilación— e incluso se le invisibilizó hasta donde fue posible, mientras la juventud se tornó en una condición que ha de mantenerse a cualquier precio, dando lugar al llamado jovenismo y, en paralelo, “una puerilización del adulto; una infantilización”, un estancamiento “que puede denominarse una vida sin Idea”.

El núcleo de la revuelta feminista, de Emma Goldman en adelante, reside en que “una mujer puede y debe existir sin depender del hombre”. En tanto que el varón sucede al padre en el mando, “entre la hija y la mujer-madre —señala Badiou— está el hombre, pura exterioridad real, al cual la mujer ofrece su cuerpo, al cual, como solía decirse, se entrega, al cual pertenece, mientras que entre el hijo y el hombre-padre está la Ley”. Roto el canon de la iniciación, “los hijos son inmaduros para siempre, las hijas son desde siempre maduras” y, en consecuencia, “el hijo carece de Idea por falta de Hombre, la hija, por exceso de Mujer”. Y la virginidad femenina perdió el valor que tenía en el orden simbólico tradicional.

Ante la manifiesta incapacidad masculina de remontar la adolescencia, ha surgido lo que el autor de El ser y el acontecimiento caracteriza como feminismo burgués y dominador: “la reivindicación de este feminismo no consiste en absoluto en crear otro mundo, sino en entregar el mundo tal como es al poder de las mujeres”. Por tanto, el filósofo francés apunta que “hoy en día las mujeres deben desconfiar ya no de los hombres, sino de lo que el capital les propone como liberación”. Más que eso, la auténtica emancipación femenina consistirá en que “esta chica será quien se proponga en convertirse en la nueva mujer, la mujer que las mujeres no son y en la que habrán de convertirse, la mujer que participa de lleno en la creación de los símbolos y también albergará la maternidad en esta creación”.

Frente a esta dislocación de las coordenadas tradicionales, y como una opción estratégica para pugnar por la verdadera vida, el alumno de Althusser propone una alianza a primera vista insólita entre jóvenes y viejos: “Parece que en la actualidad la juventud debe saltar, como en el salto al burro, por encima de la edad dominante, esa que va en promedio de los treinta y cinco a los sesenta y cinco años, para constituir con el pequeño núcleo de los viejos rebeldes, de los no resignados, la alianza de los jóvenes desorientados [el 50 por ciento de la población mundial que puede clasificarse como “completos desheredados”] con los viejos inquietos de la existencia [una parte del 14 por ciento de personas con ingreso medio a escala global en el que se sitúan los intelectuales]”. “Todo, absolutamente todo —nos dice Badiou— depende de esta alianza y de su organización política a escala mundial”. La salida de la tradición, marcada ésta por la simbolización jerárquica, y su sustituto contemporáneo, la “violenta sumisión real al mundo de la economía”, es “una lucha que atañía, y aún atañe, precisamente a la forma y las consecuencias de la modernidad”. La única opción aceptable que vislumbra el filósofo francés para sortear la crisis es definir los códigos de una simbolización radicalmente distinta, una simbolización igualitaria, es decir, comunista. De otra forma, presume, sobrevendrá la barbarie.

Carlos Illades es historiador. Profesor titular de la UAM-Cuajimalpa. Autor de El futuro es nuestro. Historia de la izquierda en México (Océano, 2018) y de El marxismo en México. Una historia intelectual (Taurus, 2018).

www.elfinanciero.com

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