La historia, la ficción y el cine no logran darle forma a la figura de Emiliano Zapata, ese personaje de la Revolución Mexicana que parece ser dueño de su propio relato hasta el presente.

El clarín que sonó para dar la bienvenida al general Emiliano Zapata a la hacienda de Chinameca en Morelos en aquella tarde del 10 de abril de 1919, fue en realidad la señal de ataque. Una emboscada sorprendió al caudillo, muerto a traición en un movimiento orquestado por el coronel Jesús Guajardo de las fuerzas constitucionalistas, al mando del general Pablo González.

Tras la muerte de Zapata, nació el mito. “Es una figura doblemente mitificada: por la historia oficial y por la cultura popular”, advierte Pedro Ángel Palou, autor de la biografía novelada Zapata (Grijalbo, 2006).

Desde apariciones del apóstol Santiago con el rostro del caudillo de El Sur en un pueblo cercano a Toluca, hasta que misteriosamente un Zapata sin bigote bajaba a ver a sus hermanas en Morelos, las leyendas alimentaban el mito de que no fue él quien cayó en Chinameca, relata el historiador Salvador Rueda Smithers, director del Museo Nacional de Historia de México.

“Un antropólogo de Cuautla me platicó que una señora le dijo que Zapata cuando se agarraba el estómago temblaba. Lo curioso es que eso mismo le pasaba a Cuauhtémoc de Cuitláhuac, según el manuscrito de Tlatelolco y no creo que esta señora lo haya leído. Debe ser una línea perdida de un mito antiguo”, comparte.

La leyenda comenzó casi al día siguiente de su muerte, dice Felipe Ávila, autor del libro Tierra y libertad. Breve historia del zapatismo (Crítica, 2018). “Hubo testimonios que decían que el cadáver no se parecía al cuerpo de Zapata, que tenía una cicatriz en el pecho que no mostraba el acribillado. Se decía que se había ido a Guerrero, a Centroamérica, o a Arabia Saudita”.

Ningún otro personaje de la historia de México está presente en la actualidad como Zapata, dice Rueda Smithers. “En todos lados se reconoce, se sabe alguna de sus historias o sus frases -inventadas, o no-, es un hombre que carga el símbolo de la posible justicia. Ni Carranza, ni Madero, ni siquiera Villa, ninguno de la Independencia, Juárez tampoco. Es lo que lo hace diferente a personajes más pragmáticos, como Carranza, quien hizo la Constitución, pero habrá que ver cómo son los festejos del centenario de su muerte en el año próximo. No tiene el peso de Zapata, a pesar de ser un pilar del Estado mexicano”.

El mito en la ficción

El libro de Palou fue escrito con rigor histórico después de tres años de investigación documental y de campo (Carlos Barreto antropólogo y etnomusicólogo morelense y quien rescató el corrido zapatista colaboró con él). Otras novelas parten de la leyenda de su figura: el falso homicidio en Chinameca.

Alejandro Iñigo en Emiliano, publicada en 1980 y que el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México planea reeditar este año, presenta vivo y de cuerpo entero al caudillo después de la emboscada en Morelos. Paco Ignacio Taibo II en Cosa fácil, la segunda entrega de la saga del personaje Héctor Belascoarán Shayne, relata un encuentro entre el protagonista y Emiliano Zapata en el mercado de Tacuba en los años 70.

La primera película de la vida de Emiliano Zapata se filmó en 1952, en Texas. Gabriel Figueroa, entonces presidente del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica de la República Mexicana, negó al director Elia Kazan el permiso para rodar ¡Viva Zapata! en el país, porque se oponía a que el general fuera interpretado por un actor estadounidense.

Marlon Brando protagonizó la cinta basada en la novela de John Steinbeck. “Rompió con los estereotipos, pero la película tuvo un papel importante porque la figura de Zapata fue exaltada en todo el mundo”, dice el periodista y experto en cine histórico, Alejandro Ortega Neri.

En la cinta, el general aparece como un típico macho mexicano, se lamenta Pedro Ángel Palou. Aun así, dice el escritor, Kazan intenta revelar una figura más compleja de Zapata. Políticamente, agrega, la imagen de Zapata ha sido edulcorada por la historia oficial. “Otilio Montaño, que fue su gran maestro, era anarquista. Varios de los constitucionalistas que hicieron el Artículo 27 eran zapatistas y estaban metidos en la discusión sobre el reparto agrario. A Zapata lo tocan muchos discursos políticos. Por eso es una figura difícil de entender. Nunca cedió ante el poder, tenía una encomienda personal mucho mayor que no es mítica y hay que entenderlo desde las razones del hombre y no las causas del héroe”.

En México, Antonio Aguilar participó en dos películas. La primera fue Emiliano Zapata, de 1970, dirigida por Felipe Cazals. “Es una etapa muy interesante porque en 1969 se publicó el libro de John Womack Zapata y la revolución mexicana, que es clave para entender el zapatismo y además, acababa de pasar el movimiento estudiantil de 1968 y los jóvenes de izquierda vieron en él a un héroe del cual asirse”, dice Ortega Neri.

Sin embargo, fue un intento fallido. “El equipo de producción no se entendió con los actores y al final fue un desfile de personajes monolíticos, con una actuación malísima de Antonio Aguilar”, cuenta sobre la cinta que sufrió 13 cortes por la censura de la Secretaría de Gobernación porque criticaba al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.

El clarín que sonó para dar la bienvenida al general Emiliano Zapata a la hacienda de Chinameca en Morelos en aquella tarde del 10 de abril de 1919, fue en realidad la señal de ataque. Una emboscada sorprendió al caudillo, muerto a traición en un movimiento orquestado por el coronel Jesús Guajardo de las fuerzas constitucionalistas, al mando del general Pablo González.

Tras la muerte de Zapata, nació el mito. “Es una figura doblemente mitificada: por la historia oficial y por la cultura popular”, advierte Pedro Ángel Palou, autor de la biografía novelada Zapata (Grijalbo, 2006).

Desde apariciones del apóstol Santiago con el rostro del caudillo de El Sur en un pueblo cercano a Toluca, hasta que misteriosamente un Zapata sin bigote bajaba a ver a sus hermanas en Morelos, las leyendas alimentaban el mito de que no fue él quien cayó en Chinameca, relata el historiador Salvador Rueda Smithers, director del Museo Nacional de Historia de México.

“Un antropólogo de Cuautla me platicó que una señora le dijo que Zapata cuando se agarraba el estómago temblaba. Lo curioso es que eso mismo le pasaba a Cuauhtémoc de Cuitláhuac, según el manuscrito de Tlatelolco y no creo que esta señora lo haya leído. Debe ser una línea perdida de un mito antiguo”, comparte.

La leyenda comenzó casi al día siguiente de su muerte, dice Felipe Ávila, autor del libro Tierra y libertad. Breve historia del zapatismo (Crítica, 2018). “Hubo testimonios que decían que el cadáver no se parecía al cuerpo de Zapata, que tenía una cicatriz en el pecho que no mostraba el acribillado. Se decía que se había ido a Guerrero, a Centroamérica, o a Arabia Saudita”.

Ningún otro personaje de la historia de México está presente en la actualidad como Zapata, dice Rueda Smithers. “En todos lados se reconoce, se sabe alguna de sus historias o sus frases -inventadas, o no-, es un hombre que carga el símbolo de la posible justicia. Ni Carranza, ni Madero, ni siquiera Villa, ninguno de la Independencia, Juárez tampoco. Es lo que lo hace diferente a personajes más pragmáticos, como Carranza, quien hizo la Constitución, pero habrá que ver cómo son los festejos del centenario de su muerte en el año próximo. No tiene el peso de Zapata, a pesar de ser un pilar del Estado mexicano”.

El mito en la ficción

El libro de Palou fue escrito con rigor histórico después de tres años de investigación documental y de campo (Carlos Barreto antropólogo y etnomusicólogo morelense y quien rescató el corrido zapatista colaboró con él). Otras novelas parten de la leyenda de su figura: el falso homicidio en Chinameca.

Alejandro Iñigo en Emiliano, publicada en 1980 y que el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México planea reeditar este año, presenta vivo y de cuerpo entero al caudillo después de la emboscada en Morelos. Paco Ignacio Taibo II en Cosa fácil, la segunda entrega de la saga del personaje Héctor Belascoarán Shayne, relata un encuentro entre el protagonista y Emiliano Zapata en el mercado de Tacuba en los años 70.

La primera película de la vida de Emiliano Zapata se filmó en 1952, en Texas. Gabriel Figueroa, entonces presidente del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica de la República Mexicana, negó al director Elia Kazan el permiso para rodar ¡Viva Zapata! en el país, porque se oponía a que el general fuera interpretado por un actor estadounidense.

Marlon Brando protagonizó la cinta basada en la novela de John Steinbeck. “Rompió con los estereotipos, pero la película tuvo un papel importante porque la figura de Zapata fue exaltada en todo el mundo”, dice el periodista y experto en cine histórico, Alejandro Ortega Neri.

En la cinta, el general aparece como un típico macho mexicano, se lamenta Pedro Ángel Palou. Aun así, dice el escritor, Kazan intenta revelar una figura más compleja de Zapata. Políticamente, agrega, la imagen de Zapata ha sido edulcorada por la historia oficial. “Otilio Montaño, que fue su gran maestro, era anarquista. Varios de los constitucionalistas que hicieron el Artículo 27 eran zapatistas y estaban metidos en la discusión sobre el reparto agrario. A Zapata lo tocan muchos discursos políticos. Por eso es una figura difícil de entender. Nunca cedió ante el poder, tenía una encomienda personal mucho mayor que no es mítica y hay que entenderlo desde las razones del hombre y no las causas del héroe”.

En México, Antonio Aguilar participó en dos películas. La primera fue Emiliano Zapata, de 1970, dirigida por Felipe Cazals. “Es una etapa muy interesante porque en 1969 se publicó el libro de John Womack Zapata y la revolución mexicana, que es clave para entender el zapatismo y además, acababa de pasar el movimiento estudiantil de 1968 y los jóvenes de izquierda vieron en él a un héroe del cual asirse”, dice Ortega Neri.

Sin embargo, fue un intento fallido. “El equipo de producción no se entendió con los actores y al final fue un desfile de personajes monolíticos, con una actuación malísima de Antonio Aguilar”, cuenta sobre la cinta que sufrió 13 cortes por la censura de la Secretaría de Gobernación porque criticaba al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.

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