De visita en México, el artista chino reflexiona sobre la necesidad de la memoria para salvar el futuro el arte no tiene opciones.

El mismo año en que se convirtió en padre, el poeta Ai Qing fue desterrado a Xinjiang, una desértica provincia china. Su hijo Ai Weiwei nació en 1957, cuando Qing fue proscrito, como tantos cientos de miles, por el movimiento antiderechista de Mao Zedong. Los opositores fueron deportados a lejanos territorios fronterizos, donde las condiciones de vida eran lamentables.

Ai Qing fue condenado a lavar baños públicos durante más de 15 años. Él, su esposa Gao Ying y el pequeño Ai vivían prácticamente sin pertenencias, ante la amenaza de que la policía podía llegar a su casa para ordenarles irse a otro sitio.

Sus primeros años de vida transcurrieron literalmente bajo tierra. Una paradoja para quien fue nombrado por la revista Art Review el personaje más poderoso del mundo del arte en 2011, y el segundo en 2015. En China, desde 2009, es mencionado en Internet como “Fat guy”. Nunca por su nombre.

“La censura en mi país no permite que se discuta mi trabajo”, contó ayer en conferencia de prensa con motivo de la exposición Restablecer memorias, que se presentará en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo a partir de este sábado.

La figura de su padre marcó no sólo su quehacer artístico, también su destino errante.

El momento en que aquél decidió quemar sus libros delante de su hijo, para evitar más castigos en caso de que la policía de la Revolución Cultural llegara a su casa y los descubriera, fue un acto que marcó al chico de por vida, como artista y activista.

“Tengo un posicionamiento muy claro y lo manifiesto de la única forma que sé, mi trabajo no es opcional, es algo que tengo que hacer. Me da igual si soy un artista o un máster del Lego o de las selfies, como Rembrandt es un maestro del óleo o Warhol de la serigrafía. Soy un ser humano y me concierne lo que le sucede a las personas”, aseveró durante el encuentro con los medios mexicanos.

Entre 2016 y 2017, Ai Weiwei y su equipo viajaron por más de 20 países, entre ellos Grecia, Turquía y Gaza para rodar el documental Human Flow. Fue justo en 2016 cuando se reunió en México con familiares de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. De ese encuentro surgió la exposición que ahora presenta en el MUAC.

Ese periodo fue relevante para su quehacer artístico. Mientras filmaba Human Flow dio forma a dos instalaciones monumentales, una en el centro Konzerthaus en la plaza Gendarmenmarkt de Berlín, hecha de balsas y chalecos que recogió en las costas de Lesbos, como testimonio de los miles de refugiados muertos, y otra que inició un recorrido neoyorkino en la galería Deitch: miles de prendas de ropa y zapatos abandonados en el refugio de Idomeni, en la frontera de Grecia con Macedonia.

También posó para una fotografía en la que emulaba la imagen que se convirtió en un símbolo de la crisis migratoria europea: el cadáver del pequeño Alan Kurdi, que apareció en una playa turca.

No fue la primera vez que mostraba la realidad de una manera explícita. En 2008, contrario a la estrategia gubernamental, se dedicó a reunir datos sobre el número de muertos que provocó un terremoto en Sichuan, en particular, de estudiantes.

Mientras el gobierno chino intentaba ocultar el verdadero número de víctimas, estimado en 80 mil, Ai Weiwei y su equipo contabilizaron 5 mil 196 estudiantes fallecidos, cuyos nombres formaron parte de una instalación que inauguró la plataforma de arte y tecnología The Space, del museo Tate Modern de Londres. También publicó en Twitter fotografías de la tragedia.

Reconocido como un crítico del régimen chino, Ai Weiwei estudió y vivió en Nueva York de 1981 a 1993. Cuenta que aprendió sobre arte y el pensamiento de la modernidad, pero también se sintió solo, pues tenía poco dinero y no hablaba bien inglés.

Años después, viviría un aislamiento real en su propio país: en 2011 fue detenido por las autoridades chinas y durante 81 días estuvo encerrado en un sitio desconocido. Cuando lo liberaron, le retuvieron el pasaporte. No pudo salir del país hasta 2015. Desde entonces vive en Berlín, donde le ha tocado comenzar de nuevo a aprender un idioma.

Después hizo una acción artística a partir de la destrucción, por parte de las autoridades chinas, de su estudio en Shanghái en 2011, documentada en la cinta Never Sorry, de Alison Klayman (2012). La cinta es un acercamiento biográfico al disidente, filmada durante cuatro años. “Si no actúas, el peligro se hace más fuerte”, dice el artista en la película de la joven realizadora alemana.

Admirador de Marcel Duchamp y Andy Warhol, como admitió en una entrevista publicada en julio del año pasado por el diario El País, Ai Weiwei reconoce que su trabajo habla de la gente y su realidad.

“Las familias de los desparecidos en México son la gente más inocente que he conocido. Están convencidos de que sus hijos siguen vivos. Cada crimen deja un vacío, es una ofensa contra la dignidad humana, y ese vacío es el origen del rencor y la violencia. Cuando el gobierno no hace nada por aclarar los crímenes, sólo queda demandar justicia, y no desde el arte. ¿Qué hacemos cuando uno de nuestros vecinos lleva cuatro años sin saber dónde está su hijo?”, reflexiona.“Mi trabajo no es opcional, es algo que tengo que hacer. Me da igual si soy un artista o un máster del Lego (…) Soy un ser humano y me concierne lo que le sucede a las personas”.

www.elfinanciero.com

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