Joker

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Por: Lic.Ernesto Lerma, titular de la sección y columna periodística.
Mi 9 de calificación a la gran película Guasón (Cineasta/Director: Todd Phillips, Género Fílmico: Crimen/Drama, Año: 2019, País: Estados Unidos, Elenco/Reparto de Actores/Estrellas: Joaquin Phoenix/Robert De Niro/Frances Conroy/Zazie Beetz/Brett Cullen/Dante Pereira-Olson/Douglas Hodge/Brett Cullen/Shea Whigham/Bill Camp/Glenn Fleshler/Leigh Gill/Josh Pais/Sondra James/Marc Maron, Duración: 122 Minutos, Idioma: Inglés, Guionistas: Todd Phillips/Scott Silver, Nombre/Título: Joker, Clasificación: B 15)…Tomándose obviamente sus libertades del emblemático personaje villano de la editorial de DC Comics, la cinta en la historia de origen del Guasón es un atormentado viacrucis en la trama que está llena de verdadera tragedia psicológica. Por: Lic.Ernesto Lerma, titular de la columna y sección periodística.
Por fin llegó a las salas de cine precedida por la controversia y la polémica en la versión del cineasta Todd Phillips del origen de este emblemático villano de cómic que nunca ha tenido una biografía oficial y se han dado distintas versiones fílmicas de sus inicios a lo largo de los años. El Guasón ha jugado con la ambigüedad de su historia para burlarse de sus adversarios pero en esta versión del origen del personaje, Phillips explica su maldad a partir de motivos concretos, con lo cual este pierde fuerza simbólica, pues el mal que no puede explicarse no puede controlarse. En la sinopsis oficial en esta trama, Arthur Fleck (Joaquin Phoenix) es un hombre ignorado por la sociedad, cuya motivación en la vida es hacer reír. Pero una serie de trágicos acontecimientos le llevarán a ver el mundo de otra forma. La película esta basada en el popular personaje de DC Comics Joker, conocido como archivillano de Batman, pero que en este filme toma un cariz más realista y oscuro. ¿Porque hacía falta una película sobre el personaje del Joker? Es una pregunta legítima, considerando cuántas películas hollywoodenses de superhéroes hay ya, cuántas de ellas ofrecen una aproximación posmoderna a ese tipo de personajes, y cuántas incluyen una u otra versión de la más célebre némesis de Batman. Ninguna de esas ficciones ni de esas versiones previas, eso sí, se parece a esta, la primera en su género –al menos si hablamos de grandes producciones cinematográficas– que no incluye escenas de acción ni efectos especiales y que se construye enteramente sobre la locura y la desesperación. Tal y como lo encarna el actor Joaquin Phoenix, de hecho, su protagonista se parece menos a un personaje de cómic que a los seres dañados que ha interpretado en las cintas «The Master» (2012) y «En Realidad, Nunca Estuviste Aquí» (2017) o en alguna de las otras películas que lo han confirmado como uno de los mejores actores vivos. La ciudad en la que el relato transcurre, además, se llama Gotham, pero en realidad es una variación distorsionada de la Nueva York de hace 40 años o, al menos, del retrato que el cine de la época hacía de ella: decadente, peligrosa, apestosa; un lugar al borde del colapso. la fórmula de la película traiciona. En primer lugar porque sin urgar más en el uso y disfrute de ese mal otros directores lo han hecho con destreza nos deja a medias en el camino hacia la demostración de que, como se dice literal y figuradamente en la película todos somos payasos porque todos tenemos algo de Arthur, algo que habría hecho todavía más contundente uno de sus discursos centrales, el de la necesidad de atender desde la sanidad pública padecimientos psicológicos de toda índole, de lo inhumano y anti ético de interrumpirlos o negarlos a quien sea, del infierno a que se condena a quien no es tratado. En su falta de búsqueda formal, en su tímido discurso visual, Joker deja a Arthur sin ser el villano convertido en héroe que sí es Travis, ni el maniquí de frustración antimediática que sí es Rupert y aunque entrega a un humano destrozado por las múltiples contradicciones muchas de ellas éticas del sistema, no lo deja ni entrar de lleno al patetismo que se anuncia todo el tiempo, ni inquieta justo por la falta de patetismo con su origen, desarrollo y explosión del mal. ¿De dónde viene el mal que Arthur Fleck rumia todo el tiempo? ¿Se trata sólo de un Tyler Durden apolítico? La respuesta debió apuntar más a nosotros pues todos somos payasos. Pero no lo hace del todo. Primero lo primero: toda la polémica alrededor de sí el Guasón es una apología de una violencia no sólo ficticia sino también real y los supuestos efectos que tiene en el público es de un nivel de estupidez importante. Es un poco agotador que todavía se deba seguir aclarando que la realidad es distinta a la ficción; que el cine y el arte en general es un ámbito que funciona con reglas propias; y que la gente, si copia conductas de personajes cinematográficos, es porque ya tiene componentes personales previos que le permiten verse reflejados. Es retornar a la vieja discusión de la influencia de los videojuegos en los jóvenes, sin hacerse cargo de que hay una violencia inherente en muchos individuos que se alimenta y construye con múltiples componentes sociales, y que solo está buscando una excusa para salir a la luz. Y es una confirmación de que estos tiempos de corrección política extrema funcionan para muchos sujetos como pretexto para ejercitar un rol de policía ideológico largamente anhelado. Dicho esto, Guasón es una decepción, pero solo ligera –realmente no me siento ofendido o enojado con la película- porque su visionado confirma ciertos peligros latentes que ya estaban presentes cuando se anunció el proyecto y después al conocerse los trailers. Su relato de construcción de villano, centrado en Arthur Fleck un Joaquin Phoenix perfecto en su sobreactuación, un comediante fracasado con problemas psiquiátricos y una historia familiar decadente que va encarrillando un proceso de creciente locura y violencia, hasta transformarse en ese alter ego que es el Guasón, es una gran suma de cálculos y estructuras pre-fabricadas, con el fin preciso de generar la mayor cantidad de asociaciones e interpretaciones posibles. Eso de por sí no está mal -¿qué película no tiene componentes de planificación para buscar un público determinado?-, pero el gran problema del filme de Todd Phillips es cuánto se nota ese diseño previo, a tal punto que se puede enumerar todas sus herramientas como si fuera una lista de compra para el supermercado.
Obviamente, el director Todd Phillips la ha rodado totalmente influenciado por el cine de Martin Scorsese –y, en concreto, con las cintas «Taxi Driver» (1976) y «El Rey de La Comedia» (1982)– en mente. Sin embargo, Joker no es un mero pastiche. De entrada, maneja temas de infausta actualidad como la desigualdad económica rampante, el auge de un sentimiento antiautoritario y la obsesión por la celebridad; además, Arthur Fleck (Phoenix) encarna una forma extrema y patológica de incel. A medida que avanza la película con su angustia y trauma que se ven cada vez más avivados por la cruel indiferencia del mundo, vemos cómo sus últimos vínculos con la cordura se rompen, y cómo un hombre que siempre soñó con hacer reír a la gente empieza a convertir la podredumbre que lo rodea en un chiste macabro. Mientras lo contempla, Joker parece querer mostrar hasta qué punto un hombre dañado puede convertirse en un icono para aquellos como él, como la gente pequeña humillada por el sistema día sí y día también. No se detecta en la película deleite alguno en las acciones de Arthur, ni respaldo a su mentalidad. Phillips simplemente trata de identificar su frustración y su impotencia para que entendamos por qué se convierte en un monstruo. Sin embargo, lo hace encadenando tantas imágenes memorables con tanta energía y tanta capacidad de persuasión sobre el interesante y llamativo universo que describe, que corre el riesgo de ser malinterpretado por algún que otro tarado. En lo que no hay opción a malentendido es con la hondura, la complejidad y la brutalidad de Phoenix en la piel del Joker. Incapaz de reprimir una risa que suena a alarido de dolor, tan delgado que las clavículas parecen a punto de rasgarle la piel, este Joker es un ser patético, peligroso, risible, bestial, tierno, frágil y conmovedor. Su existencia supone no solo la reinvención de uno de los personajes más famosos en el mundo del cómic, sino también la posibilidad de que el cine de superhéroes en Hollywood deje de una vez por todas de ser siempre lo mismo. ¿Hace falta el filme del Joker? Esa es una pregunta distinta. Gracias al Joker de Joaquin Phoenix ya no hay excusa para no tomarse en serio las películas inspiradas en los superhéroes de cómics para quienes creen en el potencial político del cine de entretenimiento. En la exploración de ese personaje que es un perdedor entre los perdedores se encuentra lo más interesante de Joker, dirigida y co escrita por Phillips (Starsky & Hutch, ¿Qué pasó ayer?) y Scott Silver (El Luchador, 8 Millas) pues por momentos quiere dejar entrar un poco de luz no sólo sobre el origen de lo que manipula a Arthur, esa maldad que no es ni resentimiento aunque se vincule a él, ni sobrenatural aunque la risa le de ese toque pero que dado todo a lo que se enfrenta conforme su padecimiento se agudiza parece intrínseca al ser humano, inevitable. Y si bien la película regala en esos momentos trozos de intensidad, violencia y oscuridad que nos llevan desde la frustración criminal de «El Rey de La Comedia» (1982) hasta la expresión de las sombras de Arthur en el entorno citadino en que lo conocemos de este Nueva York atemporal, casi del futuro, casi fantasmal es muy «Taxi Driver» (1976) y muy «Contacto en Francia» (1971), muy «Midnight Cowboy» (1969) y adorablemente decadente, pasando todo por personajes indispensables para recorrer la psicología americana después de la Segunda Guerra Mundial y después de la debacle militar, política, económica y moral de la Guerra de Vietnam en los filmes de «Psicosis» (1960) y «Taxi Driver» (1976). El Arthur violento auto bautizado en sangre como Joker como la máscara que ríe para ocultar la risa forzada, la felicidad regalada a los demás porque la personal no existe no es la justicia flamígera de Travis Bickle ni la venganza en pantalla de Rupert Pupkin en las cintas de Martin Scorsese que es Dios, se comprueba siempre que se duda aunque se alimente de ambos. Es un ser que explota sin control en esa danza previa a la manifestación, metamorfosis cautivadora en el maltratado cuerpo de un Joaquin Phoenix de interpretación memorable, un mal del que no se ve el inicio pero que tampoco busca el final de los tiempos un Tyler Durden apolítico. Este mal sólo quiere hacerse evidente en los tiempos en que se alaba a lo patético, a lo efímero, a lo inservible y a lo intragable. Si los tiempos son patéticos, el Joker obviamente quiere su trozo del pastel. Ahí tenemos entonces la narración de tonalidades vinculadas al cine de Martin Scorsese, con elementos claramente reconocibles de «El Rey de La Comedia» y particularmente «Taxi Driver»; la Ciudad Gótica con evidentes reminiscencias de la Nueva York sórdida de los setenta desde una ambientación planificada al detalle; la lectura sociopolítica sobre un tejido urbano plagado de desigualdades y a punto de estallar; el drama materno-filial, con una madre extraviada que explica desde su propio derrotero la psicología de su hijo; la figura femenina (encarnada por Zazie Beets) como un interés romántico que va precisando los estados de ánimo del protagonista –y que cumple un rol muy similar al de Cybill Sheperd en «Taxi Driver»-; y la presencia de Robert De Niro como una especie de certificado de pertenencia a un cine ambicioso y la iconografía scorsesiana, pero también como un disparador para giros claves del guión. El cálculo atraviesa todo el metraje de Guasón e incluye no solo vueltas de tuerca bastante manipuladoras (particularmente en los minutos finales) sino también una discursividad que se pretende disruptiva pero en verdad es tranquilizadora –la violencia íntima y social no dejan de ocurrir en unos difusos y lejanos setenta, con lo que la interpelación al presente es limitada-; y la utilización de personajes emblemáticos de DC como una herramienta algo culposa, pretendiendo atraer a un público más “culto” que de otra manera no se acercaría a un producto masivo, mientras se colocan guiños puntuales a los fanáticos de los cómics. La lucha entre la anarquía y el control es ganada por el segundo, y quizás eso tenga mucho que ver con Phillips, que al fin y al cabo ha desarrollado una carrera donde la dialéctica entre control y descontrol es el gran dilema a superar en las cintas «Amigos de Armas», Todo un Parto», la trilogía de «¿Qué Pasó Ayer?», «Aquellos Viejos Tiempos» y «Viaje Censurado» que giran alrededor de instancias donde el orden de los personajes entra en crisis pero en las que, en mayor o menor medida, se busca un retorno culposo a la normalidad.
Mi 9 de calificación a este Joker que el competente director Todd Phillips sitúa a Arthur/Joker en el corazón de una muy contemporánea pesadilla neoliberal, atrapado entre la cara más cínica del poder y la amoralidad del universo mediático en una encrucijada imposible que parece ofrecer una única vía de escape: la locura. En el seno de un Hollywood inclinado hacia el espectáculo evasivo, el Joker de Phillips y Phoenix emerge como un objeto político sublevado. Esta es una obra transgresora que se desmarca de la épica grandilocuente y la narrativa expansiva de sus hermanas de cartelera en las estupendas películas de Batman dirigidas por Christopher Nolan (2005/2008/2012) al taquillero Universo Cinemático Marvel para concentrarse en la intimidad de un antihéroe trágico, en un hombre cuya sed de afecto y reconocimiento se ve devastada por su condición marginal, por el desmantelamiento de los servicios públicos y por la violencia de una Ciudad de Gotham emparentada con el Nueva York de los clásicos filmes «Taxi Driver» y «El Rey de La Comedia». Por un lado, Phillips se desmarca de la parafernalia digital predominante en el Hollywood actual, pero no duda en energizar su Joker con vibrantes bocanadas de cinerock scorsesiano, perpetradas sobre las canciones «Rock n Roll Part 2» de Gary Glitter o el «That’s Life» de Frank Sinatra. Phillips nos muestra sus piruetas efervescentes de una película que convierte la sonrisa del Joker en el aullido doliente ademas de salvaje de un cine y un mundo sedientos de revolución. Lo mejor: la humanidad que subyace en la animalística interpretación de Phoenix. Lo peor: un epílogo algo innecesario. A la postre, el sufrimiento de Arthur/Joker resulta tan palpable y estremecedor que el espectador no tiene otra salida que identificar a la sociedad como la auténtica villana de la función con las sonrisas que son lágrimas. Pese a su espíritu insubordinado, la cinta del Joker sabe moverse con astucia dentro de los universos del cómic y el cine de entretenimiento. ¿De dónde viene el mal que Arthur Fleck rumia sin cesar todos los días de su vida? Podría estar en lo más profundo de su ser, en esas esquinas donde el alma acomoda todo lo que sabemos no será cierto nunca. Pero, ¿de dónde viene ese mal? ¿Está en la genética humana?, ¿es una bomba cósmica que estalla al encender la mecha adecuada? Guasón podría sugerirlo, ir más profundo en la descripción de Arthur Fleck y lo hace por momentos, los momentos en que se vuelve más sólida y conjugada, pero que no son todos los momentos de la película. La idea de escarbar en los orígenes del Joker podría parecer un sacrilegio, sin embargo, Phillips agita el imaginario de la veterana editorial de DC Comics manteniendo muy vivas sus genealogías y su iconografía. Una ambivalencia que también se traslada a la relación de la película con la actual fiebre del cine superheroico y que con esta gran cinta, esta marcando todo un antes y después. Y lo cierto es que Phillips suele manipular las circunstancias para posibilitar esa vuelta a lo que se considera “normal”, y en Guasón cimenta otra normalidad, pero desde un mensaje bastante superficial, en el que no queda claro del todo su posicionamiento. Al mismo tiempo, es la visión de Phillips la que salva a Guasón de ser un desastre al estilo Birdman. Podrá manipular situaciones y tomar decisiones improcedentes, pero nunca desprecia a los protagonistas de sus historias, algo que ratifica con su seguimiento de Arthur Fleck, al que pareciera entender como una versión oscura y trágica del Will Ferrell de Aquellos viejos tiempos, el Zach Galifianakis de Todo un parto y ¿Qué pasó ayer?, o el Tom Green de Viaje censurado. Todos seres incómodos, incomprendidos y que ocultan una gran angustia existencial. Cuando Phillips se deja llevar por la comedia que conoce y toca esas cuerdas inestables –por ejemplo, en una gran secuencia de humor horroroso alrededor de un enano-, aparece esa gran película que podría haber sido Guasón pero que no llega a concretarse más que tímidamente. Hay una gran película latente en este cuento de origen del emblemático villano, pero Todd Phillips no se atreve a llevar esa apuesta a fondo, cediendo al cálculo y el control.

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