«1917»

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Por: Lic.Ernesto Lerma, titular de la columna y sección periodística.
Mi 9 de calificación a la aclamada y galardonada cinta bélica «1917» (Cineasta/Director: Sam Mendes, Género Fílmico: Drama/Guerra/Suspenso, Año: 2019, Elenco/Reparto: George MacKay/Dean-Charles Chapman/Richard Madden/Benedict Cumberbatch/Mark Strong/Colin Firth/Teresa Mahoney, País: Reino Unido, Duración: 119 Minutos, Idioma: Ingles, Clasificacion: B, Guionistas: Sam Mendes/Krysty Wilson-Cairns)…En esta formidable película sobre el crudo periodo de la Primera Guerra Mundial el plano secuencia de casi dos horas no es más que en la forma una celebración de la pericia técnica de su realizador por encima de la sabiduría narrativa en su fondo con puro cálculo, aun así esta impecable producción cinematográfica sobresale llevándonos al horrible contexto.
La cinta favorita a llevarse los premios Oscar 2020 es en la forma una producción técnica de gran nivel que pasa a segundo plano su obvio fondo narrativo. En la sinopsis de esta historia, en lo más crudo de la Primera Guerra Mundial, dos jóvenes soldados británicos, Schofield (George MacKay) y Blake (Dean-Charles Chapman) reciben una misión aparentemente imposible. En una carrera contrarreloj, deberán atravesar el territorio enemigo para entregar un mensaje que evitará un mortífero ataque contra cientos de soldados, entre ellos el propio hermano de Blake. Y es que se ha contado la guerra desde todas las perspectivas posibles y, aun así, el género bélico no ha parado de ofrecer obras significativas que han permitido una evolución constante a través del personal prisma de los directores que lo han abordado. Ahora, Sam Mendes da un paso más allá a la hora de introducir al espectador en el campo de batalla proponiendo una experiencia inmersiva en una película que utiliza la técnica para adentrarse de la manera más veraz posible en las emociones de los personajes. Una toma única. La gran hazaña sobre la que se sustenta «1917» es, sin duda, la complejidad que supone rodar toda la acción a través de un plano secuencia que sigue a los personajes para introducirnos desde su perspectiva en un entorno de muerte y destrucción. En tiempo real acompañamos a dos soldados con estupendos actores jóvenes George MacKay y Dean-Charles Chapman en una peligrosa misión: entregar una orden a un batallón que no sabe que el ejército enemigo le ha tendido una trampa. En sus manos tienen la vida de miles de personas, pero no hay sombra de heroísmo en sus acciones. Los personajes se mueven entre la responsabilidad y el pánico a la hora de enfrentarse a esa fina línea que separa la vida de la muerte en cada instante. Por eso, cada episodio de su itinerario se vive con un nudo en el estómago. El elemento visceral se cuela en cada una de las escenas, hasta el punto de poder sentir el hedor de los cadáveres en descomposición, apilados en charcos de barro y pringue en medio de un paisaje que entre brumas espectrales se percibe como una bajada a un infierno plagado de ratas, sangre y miedo, elementos que aproximan la propuesta de Mendes a un filme de terror y supervivencia. Héroes anónimos. En realidad, se trata de un trayecto en el que no hay lugar para la épica. El suyo es un camino sin honores ni medallas, son héroes anónimos que ni siquiera buscan la gloria sino volver a ver a sus seres queridos. En una época plagada de espectáculos visuales y efectos especiales, Mendes reniega de todo eso y reivindica la cámara como único elemento generador de emociones a través de la puesta en escena y la propuesta formal y estilística. En algunos momentos, este virtuosismo está a punto de ahogar la narración, pero ahí está la extraordinaria fuerza de las imágenes para compensar este pulso narcisista que se marca un director dispuesto a demostrar su talento. Visto lo mejor con el virtuosismo técnico de Mendes. Pero con lo peor que utilice la música para subrayar emociones en determinados momentos.

Desde «Belleza Americana» (1999), su exitosa ópera prima, Sam Mendes se ha mostrado como una suerte de impostor. No sólo porque la mayoría de sus películas exhiben cierta falsedad, sino porque además intentan capturar conceptos y estéticas que le son ajenas, especialmente con cierta tradición del relato norteamericano. Ya sea su vampirización acartonada del indie en la citada «Belleza Americana» o su reinterpretación del american way of life de «Sólo un Sueño» (2008) o del noir con «Camino a La Perdición» (2002). Tal vez en «Away We Go» (2010), porque contaba con intérpretes confiables en su honestidad como John Krasinski y Maya Rudolph, Mendes alcanzó algunos momentos verdaderos. Mayormente el cine de Mendes es pose y efectismo desde la ironía de «Belleza Americana» hasta la disfuncionalidad del matrimonio de Sólo un Sueño», y tal vez por eso «1917» sea la más auténtica de todas sus películas, aquella con la que termina de confesarse ante el espectador y quedar al desnudo como el gran impostor que es: un vacío narrativo disimulado en su banalidad por una suerte de pericia técnica llamarla proeza sería enaltecerla un poco, por un plano secuencia de dos horas que en verdad no lo es, y que se ha convertido en motivo de marketing, de reconocimiento en la temporada de premios y de aceptación por parte del público. La falsificación de «1917» es, ni más ni menos, que la del gran cine. Que aquí faltó a la cita pero con el que termina confundiéndose por pura devoción tecnócrata. «1917» cuenta algo mínimo y no hay nada de malo con eso: a dos soldados se les encomienda una misión riesgosa, salir de la trinchera británica, atravesar territorio ganado por los alemanes y llegar a otra trinchera británica para impedir que se lleve adelante un ataque que podría terminar con la muerte de 1600 soldados. Eso es lo que cuenta la película, apenas esa travesía, ese viaje al interior de la guerra, que será en verdad una muestra de carácter para los dos protagonistas. Y no está mal, al recurrente heroísmo inflamado del cine bélico «1917» le antepone apenas dos héroes que tienen como fin una misión pequeña, y que deciden ejecutarla con un nivel de responsabilidad envidiable. Mendes deja en espacio off la épica gigante y se concentra en sus protagonistas, algo con lo que amagó Christopher Nolan en «Dunkerque» (2017), por ejemplo, antes de terminar seducido por el nacionalismo y el triunfalismo británico. En todo caso el problema de «1917» no es lo que dice que tampoco dice mucho, sino la forma en que elige decirlo. Entonces su principal estrategia de venta, el dichoso plano secuencia, se le termina volviendo absolutamente en contra porque obliga a la narración más de lo que la hace fluir. El recurso, que en un comienzo llama la atención prontamente se vuelve innecesario, o sólo justificado para el mero exhibicionismo del director y sus ganas de pavonearse. Si un cineasta como Alfred Hitchcock recurría al plano secuencia en «La Soga» (1948) para evidenciar el artificio y jugar con lo posiblemente teatral del asunto, no hay nada en «1917» que indique la necesidad de contar todo en un plano. Mucho menos cuando determinados eventos dan paso a elipsis que rompen el verosímil creado, o algunos movimientos de cámara se ven forzados por el dispositivo elegido. Como quedó claro, la de Mendes no es la primera película contada en un solo plano sabemos que es falso y que los cortes se ocultan sabiamente con determinados movimientos de cámara, pero es una convención que aceptamos e incluso tenemos un ejemplo reciente como «Birdman» (2014). El plano secuencia es un virtuosismo que cuenta con muchos adeptos y el avance tecnológico ha permitido que sea mucho más común de lo que lo era antes, pero como toda herramienta y el plano secuencia no deja de serlo precisa de algo que lo justifique narrativamente. Tal vez para Mendes volver continuo el tiempo es una forma de sumergir al espectador en la experiencia de los personajes, pero en verdad no lo logra del todo porque en demasiadas ocasiones nos descubrimos más atentos al truco, a pensar cómo filmaron lo que estamos viendo, que a introducirnos en lo que le está pasando a los soldados. Cuando el dispositivo narrativo se vuelve demasiado protagonista la evasión es inevitable. Y la experiencia inmersiva que promete la película pierde su esencia. «1917» es como un mal mago al que le estamos viendo constantemente cómo hace el truco. Claro que esta cinta tiene algunos momentos muy bien logrados, como aquel en el que los protagonistas inspeccionan un búnker alemán y la tensión se vuelve realmente insoportable, o cuando uno de los soldados sale corriendo por una ciudad destruida y las luces y sombras del gran fotógrafo Roger Deakins generan un efecto entre hipnótico y aterrador. Son momentos narrados con cierta pericia, pero donde la fotografía y el sonido juegan un papel más que fundamental para la construcción de los climas. De todos modos, son pasajes que también muestran un camino posible que la película nunca termina de asimilar: el del impacto constante, el de la fragmentación del relato por secuencias de alto impacto que no tengan una linealidad temporal. Pero volvemos al plano secuencia y a esa búsqueda pretenciosa que hace Mendes. Hacia el final la película elige la circularidad como una forma de terminar de definir las formas geométricas que la gobiernan. Y si bien uno puede intuir el sabor de la victoria de esos personajes que lograron el objetivo, no hay nada en la película de Mendes que emocione, que genere un efecto por fuera de la celebración de la prepotencia técnica. Es todo tan distante, frío y calculado que resulta imposible comprometerse con lo que pasa ahí dentro. Al menos aquí, Mendes se termina revelando como todo un ingeniero antes que como un verdadero director de cine.
Mi 9 de calificación a «1917» en uno de los momentos de mayor crispación de la Primera Guerra Mundial, con esos dos jóvenes soldados británicos reciben una misión suicida que para ello, deberán atravesar todo el territorio enemigo y entregar un mensaje que evite un ataque contra cientos de soldados, entre ellos el hermano de uno de los dos. Pon un perol de arroz junto a un cadáver, espera a que las moscas entren en él y conviértelas en tu almuerzo aprisionándolas en un puñado del cereal hervido antes de que escapen. Tal vez esta receta no sea muy apetecible, pero su poder nutritivo está demostrado: gracias a ella, el abuelo de este crítico y algunos de sus compañeros de la 108 Brigada Mixta sobrevivieron a la inanición en Brunete. Historias como está distintas en la forma, similares en su fondo de miedo y miseria ayudaron a muchos españoles ya de cierta edad a desconfiar del cine bélico, porque en ellas había muy poco sitio para el heroísmo y mucho para la suerte, o más bien la chiripa. Esa que un día te libra de acabar hecho picadillo por un obús y al siguiente te deja tirado en el frente de Madrid con una rótula hecha pedazos. Para elaborar «1917», Sam Mendes partió también de los recuerdos de su abuelo, que sobrevivió de milagro a la I Guerra Mundial. Y la índole de ese conflicto, tan poco fotogénico y de orígenes tan bizantinos, ayuda a que esta película gane fuerza: si algo queda claro en los primeros minutos del filme, cuando los soldados Dean-Charles Chapman y George McKay se lanzan a una misión suicida llevar un mensaje a través de la tierra de nadie, es que aquí nadie tiene el alivio de saberse el bueno del cuento. El desastre que tratan de prevenir los protagonistas por órdenes, cameo de lujo mediante, de un Colin Firth en penumbra se debe a una imprudencia táctica, y la razón para detestar al enemigo no obedece a banderas ni a ideologías, sino a que en el otro bando se come mejor, se duerme mejor y hasta las ratas están más gordas. Por lo demás, en lugar de a recrear una monumental carnicería histórica, diríase que 1917 aspira a transmitir la inminencia de la muerte: si esta llega en forma de bala en el cráneo, de puñalada en las tripas o de gangrena tras meter una mano herida en las entrañas expuestas de un cadáver, es lo de menos. No se puede hablar de «1917» sin mencionar también su condición de alarde técnico. Un alarde que se cobra su precio en forma de inconsistencias de guión y de alerta constante, con el ojo siempre en busca de esas trampas digitales con las que Mendes induce la ilusión de continuidad. Pero a la hora de valorarla, eso tampoco importa tanto: con el mismo pulso para la violencia que demostró en «Camino a La Perdición» y «Operación: Skyfall» (2012), el director ha entregado un filme que no es ni «Senderos de Gloria» (1957) ni «Salvar al Soldado Ryan» (1998), pero que no pierde valor por ello. Y que sí funciona, por otra parte, como cruz de la cara mostrada por Christopher Nolan en «Dunkerque» como aquella cinta pero de forma menos alambicada en apariencia, «1917» también aspira a mostrar cómo la adrenalina y el miedo moldean nuestra percepción del tiempo. La deriva del relato hacia terrenos casi de alucinación con los contraluces del fotógrafo Roger Deakins en el pueblo ocupado, ese Wayfaring Stranger antes de una carga a la bayoneta recalcan su condición de suma de instantes a los cuales uno sobrevive para respirar unos segundos más, un día más, en una carrera hacia ninguna parte cuya única meta es vivir para contar la historia. Y rogar para que quienes la escuchen no se vean abocados a revivirla. En esta cinta las trincheras, el survival horror se vive en tiempo real. Y sin lugar a dudas es desde ahora una de los mejores filmes de la Primera Guerra Mundial.
Lic.Ernesto Lerma, titular de la sección y columna periodística.

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