Fue campeón con Independiente en el Maracaná, pasó por Racing, brilló en México y hoy vive en la selva

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Nuno Molina, aquel mediocampista que defendió los colores del Rojo durante tres años y alzó la Supercopa ante Flamengo en 1995, hoy reside en la selva mexicana donde quiere desarrollar una ciudad autosustentable: “A veces estamos tan dormidos… Que el trabajo, que el dinero, que pagar la renta, la luz… Y nos olvidamos de empezar a percibir estas pequeñas cosas”

Nuno comenta que los escorpiones negros que se puede cruzar por la selva no son “tan venenosos” como los que hay en el estado de Sonora. Sí, te dan fiebre, pero no representan tanto peligro. También que nadando en el mar hace unos días se cruzó con cinco mantarrayas de unos “tres o cuatro metros que sacaban las aletas para afuera” y generaban ciertos escalofríos. O que hay lagartijas mariposas por doquier, que de vez en cuando lo visita “algún que otro tucán” y que en el camino a veces aparecen “monos salvajes” porque allí hay mucho zapote, la fruta de la que se alimentan. Tal vez ve pasar un ciervo o por la playa alguna tortuga acuática. Lo cuenta con empatía por el ambiente en el que eligió vivir, con cariño. Pero en ninguna de las anécdotas que repasa sobre su nueva vida en la selva de Tulum se expresa como aquel día en el que salió al medio del campo de juego del Gigante de Arroyito para presentarse ante los fanáticos de Rosario Central durante el entretiempo de un clásico contra Newell’s. Solo allí su piel se eriza tanto como el tono de su voz cuando lo revive.

Roberto Molina fue un mediocampista de pie fino que surgió de Ferro pero tuvo sus mejores horas en el fútbol argentino con la camiseta del Canalla y de Independiente, club con el que alzó la Supercopa Sudamericana ante Flamengo en el mítico Estadio Maracaná, donde fue titular en el duelo que definió la corona gracias a la diferencia de gol obtenida previamente en Avellaneda (2-0). Luego de una extensa estadía en el fútbol mexicano y un retiro en Caballito con previo paso por Racing, el Nuno se instaló en la selva mexicana para llevar adelante un proyecto que pretende asentar la primera ciudad autosustentable solar en esta zona turística de México.

“Estoy en Tulum. Le decimos la selva, pero no es que estoy metido en la selva amazónica porque no estoy preparado ni es algo que siento. Pero este es un lugar maravilloso. A ocho minutos de la playa, del caribe mexicano. Me asenté en un sector de selva, porque acá hay mucha selva. Es un lugar maravilloso energéticamente. Todavía hasta hoy hay selva, aunque lógicamente la ha destruido el avance del hombre», explica ante Infobae sobre esta vida que empezó a construir hace más de siete años. “Estoy sobre la carretera, entre la pirámide de Tulum y la pirámide de Cobá. Estas tierras todavía son ejidales, que no han sido habitadas o trabajadas por el avance del sistema, de los humanos. No han sido trituradas”, detalla.

“¿Tenés para ver la cámara en el celular?”, pregunta y dispara las imágenes. “Escuchá…”, advierte. El imponente sonido del silencio. La distancia entre Argentina y México se acorta abruptamente con un botón. Durante varios segundos, de uno y otro lado no hay palabras, solo el poderoso verde de los árboles y un cielo inmaculadamente celeste. Lo que domina ahora la entrevista es la aturdidora resonancia del silencio. Ese estruendo que cruza los oídos como si fuese música sonando a todo volumen. Predominante, majestuoso. De repente se corta. “Ojo, tampoco es que estoy sumergido en la selva como Tarzán eh…”, dice y dispara las carcajadas.

“Estoy a 16 kilómetros de Tulúm. Tengo acceso por la carretera”, grafica sobre el lugar de residencia, en el cual tiene que recorrer más de 45 kilómetros para poder comprar en uno de esos hipermercados que se replican cada un puñado de cuadras en las grandes ciudades. La entrevista se hace en varias etapas. Todas atadas a la disponibilidad de la señal. Esa que corta abruptamente la llamada y recién permite seguir la charla al otro día.

“Llevo casi nueve años entre Tulum y Playa del Carmen. Con períodos por ahí de seis meses que estuve trabajando en el fútbol, porque más allá de toda la conexión que tengo acá, cuando siento que pica una pelota se me pone la piel de gallina. El fútbol es el 50% de la vida. El otro 50% incluye todo esto. Queremos hacer tipo una ciudad con la proyección de que sea autosustentable, pero por el momento es sostenible. Tratamos de volver a conectarnos un poquito con la tierra, con la naturaleza. Tomar una conciencia real de que los chicos hoy por hoy están conectados a un cable. Están con el celular, la Play; salen de la Play y van al televisor. Les sacás el celular y se deprimen. Esto es real, no es broma. Pasa en todas partes del mundo”, reflexiona a sus 48 años y a 16 de haber pisado por última vez una cancha como profesional.

Molina hizo base en México, donde fue parte del América, Atlante, Toros Neza, Puebla y los Tiburones Rojos de Veracruz. También estuvo como asistente del entrenador Francisco Ramírez en los Cafetaleros durante el 2017. “Muchas veces me dicen que este es el Lado B, pero en realidad siempre digo que sería el Lado A y lo que se ve en la TV es el Lado B. Uno es producto del sistema, del exitismo, de lo vulnerable que puede ser una persona con referencia al sistema que nos obliga a triunfar; un triunfar que está mal interpretado porque a veces pensamos que es ganar dinero. Esa es una de las cosas que siempre me quedó de la educación de mis padres: el triunfo no pasa por el dinero, sino por una felicidad interna”.

El parador natural está ubicado en una zona estratégica del caribe mexicano. Al costado de la carretera que une dos de los símbolos de la cultura maya que más de un milenio después todavía siguen en pie emanando la energía que atrae a miles y miles de turistas. Recostado sobre las espaldas de Playa del Carmen o Cancún. Mucho más cerca de Belice que del propio DF. Allí se radicaron. Se adentraron en un pequeño hueco de esos que aparecen de vez en vez a lo largo de los 40 kilómetros de asfalto con apenas una mano por lado, de una interminable arboleda que parece querer volver a dominar el terreno que siempre le perteneció hasta que fue trastocado por la mano humana para construir el camino. Ahí sembraron la semilla de un sueño: construir una ciudad autosustentable que respete a la naturaleza.

Siempre he sido muy amante de todo lo que pasa a mi alrededor. De disfrutar hasta de la hormiga que está pasando acá por enfrente mío. Todo tiene su encanto. A veces estamos tan dormidos, que el trabajo, que el dinero, que pagar la renta, la luz… Y nos olvidamos de empezar a percibir estas pequeñas cosas”, explica.

En el 2003 jugó unos pocos partidos en Racing bajo el mando de Ángel Cappa y un año más tarde cerró el círculo de su vida deportiva en el ascenso dentro de un Ferro donde tuvo como compañeros a Mariano Campodónico, el Laucha Ríos, el Mago Ramírez e Ibrahim Sekagya, entre otros. El proyecto que lo empujó a instalarse en la selva mexicana se inició con una cabaña en Tulum. Hoy tiene otras cinco cabañas con “800 metros cuadrados de jardín selva”, un sitio que en los últimos tiempos se transformó en cobijo pasajero para gente de la zona que vio cómo la pandemia pulverizó sus puestos de trabajo en el turismo. “Estamos prehabitando con un montón de gente, amigos y personas que hacen ceremonias ancestrales. Queremos que la gente venga a buscar algo diferente”, retrata. Allí convive con su hermano y la familia de él. Tras la separación de su pareja, sus hijos se quedaron en Necochea. “Estamos con la incertidumbre de ver qué va a pasar. Si vienen para acá o voy para allá. Trato de mantenerme ocupado en generar una energía de esperanza, de ayudar. Cuando hablo de ayudar no es hacerse el Tarzán, es ayudar con lo que a uno lo haga feliz. Quizás un plato de comida, al menos uno, para un niño. Acá hay muchos pibes que están pasando hambre porque los padres perdieron el trabajo”.

Molina no reniega del fútbol por más que muestre cierta autocrítica sobre la cáscara ficticia que por momentos rodea al ambiente para las cámaras. Cada declaración sobre la pelota es un discurso de amor: “Nadie te enseña a prepararte para lo que es ese luto tan grande de dejar de jugar. Es una carencia. Desde los tres o cuatro años que vos ya empezaste a patear esa pelota y sentías esa vibración que ocasionaba esa pelotita redonda en todo tu sentir interno. Siempre digo: ves una pelota y es como que te enchufan una energía indescriptible. Una energía que te entra en el cuerpo y es muy difícil de olvidar. Te meten gasolina”.

“Es que… Estoy hablando con vos y se me pone la piel de gallina cuando me acuerdo del día que me presentaron en Rosario Central. Entré en el mediotiempo de un clásico a saludar a la gente. Entré y wow… No te puedo describir la sensación que produce la gente, el amor, la pasión cuando entrás a una cancha y empiezan a corear tu nombre. Es indescriptible. Ahí comprobé por qué yo jugaba al fútbol o amaba estar en un campo de juego. Dije bueno, valió la pena”, revive. Aquel equipo estaba comandado por Pedro Marchetta y tenía a figuras como el Puma Rodríguez y jóvenes promesas del calibre del Chelo Delgado.

Marchetta, uno de los personajes más pintorescos del fútbol argentino, lo presentó ante sus compañeros de un particular modo cuando lo contrató desde Ferro. “¿A este lo conocen?”, les preguntó a los jugadores del Canalla. “Yo venía del quilombo en Portugal con la selección juvenil. Venía avergonzado”, reconoce Molina. “A este, acuérdense… Negro (a Palma), con este vas a poder tirar paredes. Lo rescaté de Ferro… Ahora tenés que ir a saludar a la gente”, arengó el DT antes de mandarlo a que conozca su nueva casa.

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